El equilibrio

Bicicleta
Bicicleta

Si tuviera un lienzo en blanco, proyectaría todas las imágenes en forma de diapositiva que han compuesto este verano de 2010 a punto de rematar. Desfilarían una detrás de otra las imágenes de los lugares que he visitado, los rostros de la gente amable que he conocido, el aspecto de los platos que he saboreado, las aguas de los mares que han bañado mi piel, los rayos de sol que me han tostado. Pero de todas las imágenes, para el disco duro de la posteridad, conservaría una de forma muy especial: la de mi hija Estrella montando en el patio de mi casa sobre su pequeña bicicleta sin ruedines, aprendiendo a guardar el equilibrio. Una lección clave que ella aprendió muy rápido: guardar el equilibrio, procurarlo al menos, sobre ese hilo invisible, tan inestable, que es la vida.

Verano

Puesta de sol
Puesta de sol
Las vacaciones de verano son un folio en blanco que se escribe con una pluma mojada en agua de mar y en tintas de diversos colores: sandía, melón, albaricoques, melocotones. La hoja con una escritura invisible se deja secar al sol, como las tortas de girasol, las pipas de calabaza o los bacalaos, y su pasta se degusta lentamente, en pequeñas porciones rociadas con un chorro de aceite de oliva y sal gorda, con pereza, al fresco de una terraza o de la orilla de algún lugar con agua. El calor que convierte el cuerpo en un verdadero mar cuya espuma ahuyenta las borrascas, que baja las tensiones y que expulsa los malos humores por el dedo gordo del pie, con sus gotas resbalando, cayendo hacia una nada que cobra todo su sentido. A la vuelta del verano quizá todo siga igual, pero se mantendrá la ilusión del folio por escribir. O no. Felices vacaciones.

¡No hay peces!

Peces de colores
Peces de colores

Mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas, me confesó la otra mañana, camino del cole, su último descubrimiento. El pasado jueves estrenó, en la piscina a cuyas clases acude desde hace tiempo para soltarse en el agua, unas gafas de natación, para que el cloro no le enrojezca los ojitos. Y de repente lo tuvo todo claro. Al poder ver bien entre el agua con su nuevo aditamento, se llevó un chasco, que me reveló con una mezcla de asombro y desilusión que me produjo una tierna pesadumbre: «¿Sabes, papi? ¡En la piscina no hay peces!». Yo le tranquilicé -aunque tampoco parecía muy intranquila cuando me hizo esta revelación- y le recordé que con las gafas de su imaginación siempre podrá ver peces de colores en todos los lugares que quiera, por muy grises y turbias que sean las aguas. El poder de la imaginación que siempre acompaña a los niñ@s y que cuando nos hacemos mayores parecemos abandonar (sobre todo algunos); qué pena.