Oda a la minipimer

Lluelles y la minipimer
Gabriel Lluelles

Grandes inventos jalonan la pequeña historia de los ingenios en España: la fregona, el futbolín, el botijo, la guitarra, la navaja, el chupachups… Pero hay uno que todos tenemos cerca, seguro, y que acaba de cumplir los cincuenta años: la minipimer. Este pequeño electrodoméstico lo ideó allá por 1959 un diseñador industrial de Barcelona, Gabriel Lluelles, que compuso su nombre mezclando los términos mini (por el tamaño) y el acrónimo pimer (por la empresa en la que Lluelles prestaba sus servicios, Pequeñas Industrias Mecánico Eléctricas Reunidas). El éxito de este aparato le vino al sustituir las pesadas batidoras de vaso, que hasta entonces eran la especie dominante en la cocina, por este estilizado y versátil ingenio, que se podía colgar en la pared y se limpiaba muy fácilmente. El inmediato triunfo de la minipimer, convertida en el tercer brazo de las amas de casa  de la época (en aquel entonces no había muchos amos de casa, para qué negarlo), revolucionó las tareas del hogar y y desde entonces ha batido millones de pures, gazpachos, cremas, mayonesas, salmorejos y papillas, que han nutrido a otros tantos millones de seres humanos. ¡Qué invento tan rico!

¡Sigan al asesino!

Panama Jack
Panama Jack

«Sí, agente; lo que le digo. Era un tipo anodino, sin más; de unos setenta años; pelo blanco. Deambulaba ayer por los pasillos de la estación de metro de Legazpi, la mirada torva. Su comportamiento me hizo sospechar; siempre creo que todo el mundo es sospechoso de algo. Vencí mi miedo y pude mirar de reojo dentro de la pesada bolsa que portaba, cuando subí detrás de él en la escalera mecánica. Y ahí comprobé que yo estaba en lo cierto: la bolsa contenía un torso de un ingenio mecánico que identifiqué como el quemador de una caldera de gas, posiblemente destrozado a martillazos. No me cupo duda: este criminal había asesinado a su caldera, la había despedazado con saña y estaba repartiendo ahora los restos de su víctima por todo el metro de Madrid, para que no quedaran pruebas de su execrable crimen. Bueno, agente, tampoco es que me extrañe: la caldera de mi casa falló este crudo invierno más de una vez y mi mujer y yo también pensamos en asesinarla, aunque al final se impuso nuestro carácter, de natural compasivo, porque nuestra Saunier Duval es como si fuera de la familia. Pero lo del tipo este del metro… me inquietó, y por eso vine a la Comisaría a poner una denuncia. Una prueba de su, sin duda, naturaleza psicópata: la bolsa en la que portaba los restos mortales aún humeantes era de ¡Panamá Jack! ¿Dónde se ha visto algo semejante? ¡Por Dios, síganle la pista antes de que despedace a su siguiente víctima!»

Inputs y outputs

Cabra
Cabra

Loco mundo. Vacunamos a las máquinas informáticas que nos rodean para que no contraigan virus, se vuelvan locas y perezcan entre estertores de unos y ceros, pidiendo a gritos ser formateadas. Nos gastamos una pasta en medicamentos para nuestros bien provistos botiquines domésticos -casi todos tenemos una pequeña farmacia en nuestro hogar-, mientras en otras partes del mundo carecen de una simple aspirina. Llevamos a nuestros ordenadores a que los miren en clínicas informáticas tras enloquecerlos con toda la información que les metemos, pero nosotros nos creemos los más cuerdos a pesar de que también somos simples terminales sometidas a un incesante trasiego de inputs y outputs por segundo, que tras largos años acaban rayándonos (y rallándonos) el disco duro, sin que haya antivirus que valga para sanarnos de la locura cotidiana. Locos que se creen cuerdos y gentes cuerdas que realmente están como cabras -pobres animales, siempre invocamos su nombre en vano para justificar nuestra insania-; así es la vida.