Carabanchel Alto, nación

Manolito Gafotas
Manolito Gafotas

En resultas que el promotor del acto por el denominado derecho a decidir que se iba a celebrar en Madrid el próximo día 17 proviene de Carabanchel Alto, como yo mismo, Alberto Chicote y el gran Manolito Gafotas. Ha habido mucha alarma y alharaca contra este activista y la Justicia ha prohibido la celebración de este acto que había sido autorizado por el Ayuntamiento de Manuela Carmena. No lo entiendo, porque, sin duda, el referéndum de Cataluña es motivo de honda preocupación, desde decenios, entre los pobladores de un barrio humilde, obrero y cariñosamente periférico como del que procedo. Yo siempre he pensado, la verdad, que Carabanchel Alto debe ser considerada una nación. Solo hace falta un poquito más de pedagogía y de instrucción en las aulas carabancheleras para que este concepto llegue a triunfar. Será la manera de reivindicarnos frente al maltrato permanente de los vecinos envidiosos de Aluche, Cuatro Vientos y Carabanchel Bajo, que nos vienen ninguneando desde hace siglos. Ay, los de Carabanchel Bajo: nunca han soportado que en el Alto corriera más el aire y fuéramos más mejores y más guapos que ellos. Hacen falta más activistas por la independencia, de Cataluña y de donde sea, sí. Por todo ello, Carabanchel Alto, nación ya. Votación y emancipación. Basta de ser una colonia de los barrios de los alrededores. Pongamos fin a tanta opresión.

El teatro a la calle

Cuánta razón
Cuánta razón

En la madrileña Cuesta del Moyano ha aflorado un escenario temporal –hasta el 24 de septiembre-, que simula los corrales de comedias que se instalaban en las plazas durante el Siglo de Oro, y que nos devuelve el teatro a pie de calle. La idea es fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento y la Fundación Siglo de Oro. Una de las obras que tienen en cartel es una fábula entre un encuentro imaginado entre dos cimas literarias de aquellos tiempos, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, bajo el título Los espejos de Don Quijote. Es una pieza escrita y dirigida por Alberto Herreros con motivo del 400 aniversario del fallecimiento del autor alcalaíno. Divertida y entretenida, con diálogos muy bien escritos y un brillante monólogo final, la obra invita a acercarnos a los libros de Cervantes, pues, como dice con ironía el propio actor que encarna al autor, haríamos mejor en recorrer sus obras que en buscar sus huesos. Sucede mucho en este país con los clásicos: todo el mundo habla de ellos, nadie los lee. Ocurre también con la obra de otro autor que tampoco debemos olvidar, especialmente por la hondura, el ingenio y el calibre de sus textos, Lope de Vega, del que se descubrió –como consecuencia de la labor de un investigador en la Biblioteca Nacional– una obra inédita, Mujeres y criados, que también está en cartel en este escenario efímero y con fecha de caducidad de la Cuesta del Moyano, pero con obras que están llamadas a perdurar.

Verano junto al río asilvestrado

Manzanares silvestre
Manzanares silvestre

Pues, oigan, a mí me gusta que el Manzanares –nuestro río- haya vuelto a ser “navegable a caballo”, como al parecer lo describió un noble extranjero siglos atrás. El proyecto del Ayuntamiento capitalino de devolverle su aspecto silvestre original, de “renaturalizarlo”, ha acabado con esa pinta de canal artificial que tenía antes, que posiblemente fuera muy del gusto de algunos, pero que no era el Manzanares original. El río verdadero de los madrileños, ahora recuperado, presenta un cauce modesto y de poco calado, en el que, gracias a este proyecto de asilvestrarlo, han surgido ya plantas acuáticas y han anidado muchas especies de aves propias de estas tierras en toda una explosión de vida natural que pugna por abrirse paso entre tanto asfalto. Imagino que habrá vecinos que echen de menos el río/canal que estábamos acostumbrados a ver desde los puentes de Toledo, de Segovia o del Rey. Pero a mí me gusta más así este nuestro río, tan alejado de esos otros cauces majestuosos y grandiosos de capitales europeas, pero cuyo aspecto modesto nos recuerda que también Madrid fue originalmente una humilde villa que, por azares de la historia, se convirtió en 1561 con Felipe II en capital de un imperio y que hoy, con todos sus problemas, es una urbe grande y maravillosa, con un río chiquitín y modesto cuyas aguas recuerdan su pasado.