Blog Action Day

No water, no life
No water, no life

En el principio era el agua y el agua era Dios. Así fue, cambiando el versículo bíblico: la vida se originó en el agua de este maltratado planeta, hace millones de años, por una feliz conjunción de elementos que desencadenaron las primeras formas de existencia conocidas, en el comienzo unas bacterias primitivas que fueron dando paso a formas de vida más complejas. El agua nos dio la vida y nos la sigue dando, aunque el trato que el ser humano da al agua no es recíproco. Como este viernes recuerda el Blog Action Day (BAD), un evento que se celebra con carácter anual para suscitar un debate sobre un asunto concreto -en la edición de 2010, el líquido elemento- «casi mil millones de personas siguen sin acceso a agua potable. Es decir, prácticamente una de cada ocho personas en el mundo están expuestas a enfermedades que es posible evitar e incluso a la muerte por algo que la mayor parte de nosotros damos por hecho». El acceso al agua, considerado como un derecho por parte de las Naciones Unidas, sigue estando vetado para una buena parte de la población mundial y será una de las fuentes de conflictos en este recién comenzado siglo. Uno de los objetivos de este BAD (que de bad tiene poco) es precisamente apoyar los esfuerzos de la ONU para el logro de uno de los objetivos de Desarrollo del Milenio: reducer a la mitad, para 2015, el porcentaje de personas sin un acceso sostenible a agua potable y a saneamiento básico, de forma que un gesto tan cotidiano para nosotros como abrir el grifo sea también una realidad en todo el mundo.

Rescate global

Minero rescatado
Minero rescatado

Nunca el remoto desierto de Atacama, desconocido sin duda para gran parte de la humanidad, estuvo tan próximo. La proeza del rescate de los 33 mineros chilenos atrapados en una mina que no cumplía los mínimos requisitos de seguridad se ha convertido en un espectáculo global, retransmitido al minuto y en directo por centenares de medios de comunicación de todo el orbe, convirtiéndose en un gran show que ha batido marcas de audiencia. El relato reunía componentes de dimensiones épicas para actuar como un imán que despertara el interés de todo el mundo en una sociedad global mediática, como así fue. Esta proeza será llevada al cine, sin duda (una radio acaba de decir que parece ser que le ofrecerán el papel de jefe de los mineros a Javier Bardem). El guión se lo ha escrito la vida, así que no tendrán que invertir mucho en escritores. Y una pregunta de cara al futuro: ¿habrá supuesto esta tragedia con final feliz un punto de inflexión en la percepción de la realidad? ¿Volverán a suscitar sucesos como este, ocurran donde ocurran, el interés de todo el mundo, o no tendrán la misma repercusión global? Quizá sí, siempre y cuando estén aliñados con las piezas con las que se monta un buen relato. Esto puede parecer cínico, pero en la era mediática global somos sobre todo devoradores de historias, algo que se aplica en todos los ámbitos (de la política a la publicidad), como puso de relieve el investigador social francés Christian Salmon en un reciente e interesante libro, Storytelling.

 

La cabra y los gritos

La cabra
La cabra

«Me presento. Soy la cabra de la Legión que año tras año asiste al desfile militar del 12 de octubre. Soy la cabra que en los últimos años presencia también los gritos de una panda de humanos asistentes hacia otro humano asistente que tiene las cejas apuntadas, creo que le llaman presidente del Gobierno. Oigan -bueno, no me oirán porque no entienden mi lenguaje-, pero yo siempre me pregunto una cosa: ustedes los humanos de esta piel de toro llamada España, ¿no votan cada cuatro años para elegir quién les preside? Y entonces, ¿por qué esos chillones no manifiestan un poco más  de respeto y buena educación hacia esas cosas que ustedes los humanos llaman instituciones, aunque no les gusten sus inquilinos? Nosotras las cabras nos ponemos a darnos de cabezazos por un quítame allá esas pajas, pero a los humanos se les presupone algo más de saber estar. Y encima esos señores y señoras tan vociferantes se ponen a chillar cuando suena esa musiquilla solemne que llaman himno nacional; pero, ¿no son ustedes tan patriotas? Es curioso, pero juraría -aunque la vista ya me falla- que algunos de esos seres tan vociferantes que chillaban ayer son parientes de otros humanos que venían aquí hace años, cuando era otro humano el que presidía el desfile, un paisano mío gallego caprino (yo también soy de Ferrol) al que yo le tenía mucho cariño: no en vano era un gran macho cabrío, un gran cabrón que anduvo cuarenta años en la tribuna de autoridades. Pero no recuerdo que los antepasados de estos seres tan vociferantes dieran berridos en aquel entonces, no (y eso que mi primo era un dictador al que no se le podía ni votar, ni botar); más bien le aclamaban y elevaban la mano hacia el cielo. Ah, que era para ver si llovía; yo es que de política no entiendo, y además, insisto, tengo la vista cansada.»