Avaros cognitivos

Ardilla avara
Ardilla avara

El sociólogo Manuel Castells cuenta en su reciente obra Comunicación y Poder (Madrid: Alianza Editorial, 2009) que los seres humanos «son avaros cognitivos que buscan información que confirme sus creencias y costumbres, un atajo cognitivo que reduce el esfuerzo mental necesario para realizar una tarea», una interesante teoría expuesta por otro estudioso de la Ciencia Política, Samuel L. Popkin. Así se explica que, en el proceso de formación de la opinión pública, las personas «tienden a creer lo que quieren creer. Filtran la información para adaptarla a sus juicios previos. Son considerablemente más reticentes a aceptar los hechos que contradicen sus creencias que los que coinciden con ellas». El conocimiento de este proceso de avaricia cognitiva, por citar un ejemplo que menciona Castells, fue utilizado por la Administración Bush para continuar haciendo declaraciones engañosas sobre la milonga de las armas de destrucción masiva como justificante de la guerra de Irak, que siguieron repitiendo una y otra vez aun cuando ya se hubiera demostrado su falsedad. Mucho ciudadano norteamericano, a pesar de todo, siguió creyéndoles. Una interesante teoría que nuestro refranero condensa con sabiduría: «No hay peor ciego que el que no quiere ver» / «No hay peor sordo que el que no quiere oír».

Vapor en la noche

Tren de vapor
Tren de vapor

«Faltan sólo unos escasos minutos para que ese tren que veo desde la única ventana de mi casa que da al mundo llegue a su destino. Suelta una gran cantidad de vapor, y una estela a su paso anima, en la distancia, esta sosa noche de principios del siglo XX. Hace mucho frío; las volutas de vapor se dibujan a su alrededor como algodón de azúcar, desparramando su haz blanquecino en la oscuridad. El tren funde su último carbón en su estirada final, penetrando en la estación de esta capital de provincias. Y en el tercer vagón, en el coche cama que está detrás del coche restaurante, una pareja hace el amor despacio, con una cadencia que intenta acompasarse a la marcha del tren, ajena a la propia entrada de la máquina en la estación, ignorantes de que han llegado a su destino. No les turba siquiera el alboroto de los pasajeros de los compartimentos vecinos que recogen apresurados su equipaje. De su amor quizá nueve meses más tarde nazca una criatura morena, tiznada de carbón en recuerdo de aquella apasionada noche que ahora es sólo un recuerdo vaporoso.»

Viva el tren

AVE
AVE

El uso del avión se ha convertido en una práctica cada vez más incómoda en casi todo el mundo. Estancias interminables en aeropuertos interminables antes de poder embarcar; colas, despelote y chequeos para pasar por el arco detector (para esto, que venga ya el escáner corporal); mala educación -para qué negarlo- de mucho personal; retrasos injustificados que dan al traste con todas las planificaciones; conflictos laborales abusivos por parte de quienes tienen la sarten por el mango (controladores, pilotos…); espacio diminuto entre los asientos de pasajeros (cualquier día encontrarán más lugares para embutir gente: ¿qué tal la bodega de carga? ¿o el espacio entre los alerones?) … El ansia de volar que ha perseguido al ser humano desde Ícaro nos ha salido cara. El viaje aéreo se transforma con frecuencia en una pesadilla que deja el cuerpo magullado, y uno cada vez ama más el tren y el AVE, tan pacífico y grato en comparación con su hermano alado.