Amour, Love

Aprovechando que el trabajo me dio ayer un respiro vespertino y no salí demasiado tarde, intenté ir a las rebajas de las salas cinematográficas madrileñas de la tarde de los miércoles, pero la cosa estaba muy petada, así que tiré para casa. Y aproveché para ver una película que tenía pendiente y que me encantó, Amour, de Michael Haneke. Sí, es de hace un tiempo (no tanto tiempo), pero es que a mí me gustan y yo veo con frecuencia cosas de hace un tiempo; leo cosas de hace tiempo; escucho cosas de hace tiempo. Porque es imposible estar al cabo de la calle de todo cuanto ocurre, y porque esa obsesión por la inmediatez y por el aquí y el ahora nos va a volver locos. Es demasiado lo de tanto aparato y tanta pantallita sobrevolando nuestras vidas vinculadas al presente y al futuro inmediato. Amour, una película de 2012 (no tanto tiempo), te retrotrae a las cosas más básicas de la vida, al amor apasionado y a los límites de este con la muerte. Por cuestiones personales, Amour me retrotrajo al fallecimiento, no hace tanto, de un queridísimo ser querido, a la muerte de mi madre. Es una película sobre el hecho de haber sufrido y seguir sufriendo como mejor testimonio de que sigues vivo.

De fantasmas buenos

Dionisio y Anastasia
Dionisio y Anastasia

Dionisio y Anastasia son dos fantasmas que vagan de guerra en guerra en la obra homónima que se ha representado durante este fin de semana en la Kubik Fabrik (y mira que ha habido cientos de cruentas guerras desde que el mundo es mundo), con mucha ironía (muy a lo Gila), mucha ternura y mucho amor. Anastasia es una veterana de las contiendas humanas, que, por dispares que sean, acaban siendo todas iguales. Dionisio es un recién llegado al mundo de los fantasmas, aunque ya ha constatado que «cada vez sabemos menos, pero nos engañan más», que la mala leche es la que emponzoña a los hombres y les hace enfrentarse y que el arma más poderosa es la palabra (y por eso tantas veces la han intentado acallar). Ojalá en el muindo hubiera más fantasmas como ellos, fantasmas buenos e inocentes de los que hacen reír, no como esos fantasmones tan peripuestos embutidos en serios ternos que nos amargan la vida viernes tras viernes con las decisiones del Consejo de Ministros. En la Kubik ya no se puede ver esta obra de la Compañía Zascandil, pero si tienen oportunidad de verla en algún otro teatro, no se la pierdan, porque les permitirá reflexionar, sin perder la sonrisa, sobre la inutilidad de las guerras y la estúpida querencia del ser humano por el horror más absurdo.

Dos años que parecen dos siglos

Mariano Rajoy lleva dos años en el puente de mando monclovita, pero parecen dos siglos, y no de avance precisamente. Dos siglos de retroceso, claro, con sus cositas, sus chascarrillos, sus tontadas… Dos siglos sin freno y hacia atrás, muy hacia atrás como se demuestra con la última barbaridad de recortar los derechos de la mujer a allá por los años 80 de la centuria pasada.