Mejor sugerir que ver

Fernando Fernán Gómez
Fernán Gómez

Qué buena idea la de recordar la infausta fecha del 18 de julio de 1936, que dio comienzo a la Guerra Civil, con la puesta en escena / puesta en antena de una obra clásica de Fernando Fernán Gómez, Las bicicletas son para el verano. Lo hizo la SER ayer por la tarde en una edición especial de su magazine La Ventana. Durante hora y media de teatro en el aire, de teatro a través de las ondas, de representación que no se ve, pero que se sugiere, se narró a través de voces que cobran rostro el impacto de la contienda en la hasta entonces apacible vida de una familia madrileña de clase media que se ve abocada a un pavoroso conflicto que anegó en sombras la vida de España durante cuarenta años. Un emocionante radioteatro para describir la España de finales de los años 30, que saltó por los aires con la sublevación fascista contra el Gobierno legítimo y el triunfo del bando franquista y de la dictadura posterior («No ha llegado la paz, ha llegado la victoria», afirma uno de los protagonistas en una sentencia lapidaria al finalizar la pieza). Teatro en las ondas caído en desuso desde los 70, cuando empezó a imponerse la supremacía de lo visual; teatro que sugiere y que, aunque no se vea, fragua en la mente una catarata de imágenes sobre el ayer en blanco y negro de España.

Arco iris vs grisura

Herbjorg Wassmo
Herbjorg Wassmo

Una reflexión sobre el color y el cambio encontrada en un libro lejano, pero más cercano de lo que parece. La escribe la autora noruega Herbjørg Wassmo en su novela La habitación muda, segundo volumen de su obra Trilogía de Tora: «Así era la ley del Pueblo: todo tenía que continuar como siempre. Los cambios repentinos eran mal recibidos. A la gente no le gustaban los cambios. Tora entendió que tenía eso en común con todos los demás isleños, que no soportaba los cambios bruscos que tornaban lo suyo aun peor de lo que había sido hasta entonces. Se dio cuenta de que proporcionaba cierta gran seguridad que los demás fueran grises y estuvieran desamparados. Las fatigas propias tenían mejor aspecto cuando la de los hijos del vecino eran peores». Si en la vida nos limitamos a juntar nuestras respectivas grisuras y a recrearnos en ellas, caeremos en un pozo negro muy tóxico, en lugar de cabalgar sobre un arco iris que sume todos nuestros colores, aproveche la parte buena de cada cual (no la parte chunga) y que nos haga avanzar afrontando los cambios como una oportunidad para ser mejores como sociedad.

Buenos días, John

Avería
Avería

«Todas las noches antes de acostarme, doctora, tengo un largo recuerdo hacia el abuelo alemán o sueco o danés al que van a parar los interminables intereses que abono y abonaré por este modesto micropiso do moro. Qué estará haciendo el jodío. ¿Verá la televisión, se recreará en el cielo estrellado sobre la bahía de Göteborg? ¿Dónde queda Göteborg? Me ha dado por pensar que el abuelo al que le completo la pensión de manera tan generosa es un viejo futbolista al que, por sentirle más cerca, vengo en llamar John Eljkaer Larsen; un veterano deportista retirado que arrastró sus botas y su cuerpo por ligas nórdicas de segunda división, y que ahora completa su ya de por sí generosa pensión con los emolumentos que recibe por sus inversiones en deuda de los países pobres del sur de Europa. De aquellos polvos en forma de generoso maná crediticio que se derramó sobre España vienen estos lodos. Y no es que me consuele éticamente ponerle cara a mi acreedor, pero estéticamente me gusta saber que el que engorda a la postre con mi trabajo no es un anónimo capitalista orondo, calvo, con bigote y gran puro, sino mi Eljkaer Larsen, tan poquita cosa. No sé si alguna vez le veré; supongo que cuando yo tenga setenta años, como él, seguiré pagando esta hipoteca… mientras los herederos de Larsen se habrán comprado con la herencia y el esfuerzo de mi trabajo una casita en Menorca, en donde espero poder pasar alguna semana de vacaciones antes de los próximos treinta años, con permiso del señor Euribor. Doctora, ¡viva el mal, viva el capital!»