Testigos

Jorge Semprún
Jorge Semprún

Todo hombre, toda mujer, es un testigo de su tiempo, una memoria de lo que ha vivido para los que vendrán detrás. Cuando uno va llegando a una edad, comienza a notar de manera más especial la marcha de los predecesores. En algunos casos, los padres, los tíos, los seres que te han acompañado en tu camino vital. En otro, las personas que han construido este ser colectivo que es España, con todas sus alturas y sus bajuras. Nunca he leído ningún libro de Jorge Semprún; lo reconozco no sin cierta vergüenza, sí artículos o declaraciones, pero nunca ningún volumen. Y eso que su figura me atrae desde hace mucho tiempo. Prometo hacerlo. Porque es el mejor homenaje que se le puede rendir a un autor: que su obra siga viva a través de sus lectores, especialmente las vivencias de una persona íntegra como él, que conoció como nadie, en primera persona, los horrores que puede engendrar la mente humana, y que supo también de lo cruel que esta patria puede ser con sus hij@s.

Selectividad

Exámenes
Exámenes

Miles de aspirantes a universitari@s afrontan estos días las pruebas de Selectividad, determinantes para su futuro. Durante las semanas previas abarrotaron las bibliotecas públicas, buscando una mesa donde repasar las asignaturas. Yo me acuerdo de mi selectividad con nostalgia a pesar de todo el esfuerzo, del atracón de temas que me metí, de los madrugones para estudiar en aquellos meses de mayo y junio de ¿1987? Una calurosa primavera de hace tantos años ya, en la qua me levantaba a estudiar con la fresca. Me salió bien. Durante estas mañanas de junio de 2011, estudiantes que también tienen 18 años copan los vagones del Metro, camino de los centros donde harán las pruebas. No hace tiempo que tú y yo viajábamos en el mismo vagón, estudiando nerviosos los últimos apuntes, echando un ojo a las últimas lecciones, riéndonos con algún compañero de viaje para disimular los nervios. Pasando las páginas de la vida y de las estaciones. No hace tanto tiempo.

Tanta grandeur pá ná

Kahn
Kahn

Ese caminar despistado dando pataditas a cualquier cosa cuando el presidente o la presidenta le llamaba al teléfono. Las largas esperas en las zonas vips de todos los aeropuertos del mundo. Esa mirada de hombre serio sobre cuyos hombros reposaba la macroeconomía del macromundo y, quizá, los destinos de la República francesa como favorito en unas elecciones a las que no se podrá presentar. Esas interminables reuniones de trabajo pasando de un idioma a otro como en una ruleta rusa. Tanta presunta grandeur para acabar como un vulgar ratero, y rodeado de rateros, acusado de haber cometido (presuntamente) una de las mayores abyecciones en las que puede caer un hombre. Tanta grandeur pá ná.