Terrorífico ánsar

Mirada aviesa
Mirada aviesa

«Ahora que estoy mayor y se me caen las plumas, queridos hijos míos, os voy a contar un cuento, de cuando esta bandada la formábamos jóvenes frescos y dispuestos, con nuestras plumas recién estrenadas. Éramos tan felices, hasta que apareció él y algunos le designaron jefe, con esa mirada aviesa y esa pelusilla sobre el pico. Y todo el día pegando graznidos, y abrocando al personal, y haciendo de la mentira su práctica cotidiana. Le dimos boleto hace muuuucho tiempo, pero él se empeñó en seguir pontificando y difamando si hacía falta, y de cuando en cuando aparecía de golpe en los telediarios, aunque cuando lo hacía yo cambiaba de inmediato el canal para que no se os atragantara el filete ruso del susto. No sé por dónde volará ahora, si le habrán acogido en alguna casa de aves cansinas o habrá pasado a mejor vida, envenenado con su bilis. Qué ánsar tan pesado era aquel, queridos míos.»

Pespunteando el horizonte

Puesta de sol
Puesta de sol

Bandadas de aves en formación perfecta salpicaban ayer por la tarde, cuando no faltaba mucho para la puesta de sol, el cielo de Madrid desde mi ventana, hacia el ¿suroeste? Era una tarde gris, pero las aves volaban por encima de las nubes que impedían dejar pasar el sol, y sus cuerpos actuaban reflejando hacia abajo los rayos solares, pespunteando el horizonte nublado con destellos intermitentes. Lo hacían con tal perfección que en algunos momentos el dibujo de su vuelo se asemejaba a una vainica doble. Eran puntos luminosos que rompían el gris invernal celeste, y su belleza superaba con creces a cualquiera de las lucecitas de colores que estos días de Navidad adornan las calles de esta gran metrópoli.