Caligrafía (II)

Amos Oz
Amos Oz, en su casa en Tel Aviv

Dicen del gran escritor israelí Amos Oz, recientemente fallecido en estos estertores de 2018, que solía enviar notas manuscritas a mano a sus amigos, porque no se convirtió nunca a las modernas formas de comunicación, según reseñó un artículo necrológico de El País.

O sea, que este eterno candidato al premio Nobel de Literatura, autor de la bellísima obra Una historia de amor y oscuridad, en la que narra de forma autobiográfica la vida de su familia desde Europa del Este hasta llegar a Jerusalén, tal vez creyera más en el poder del manuscrito, de la caligrafía, que en el poder de las pantallas. Desde luego que su obra está repleta de fuerza, y todos sus libros son una lectura recomendable para quienes quieran conocer la realidad de Israel y Palestina, un tema sobre el que se habla con demasiada ligereza y, con frecuencia, con demasiados prejuicios y lugares comunes.

Firme defensor de la paz y de la coexistencia entre los dos estados, cronista de la historia de su joven país, hombre de izquierdas y baluarte de la de la tolerancia frente a los fanáticos, su marcha priva de voz, que no de palabras, a todos quienes se identificaban con sus libros, especialmente con esa historia de amor y oscuridad que es uno de los libros más hermosos que yo he leído jamás.

Caligrafía y muecas

Caligrafía
Caligrafía

Se ha acostumbrado a ver su pensamiento escrito con estas letritas de molde que se escupen en la pantalla del ordenador, tan perfectas y redonditas. Y aunque generalmente tampoco es que diga gran cosa, qué gusto da ver cómo van apareciendo en la pantalla, por arte de birlibirloque, casi por ensalmo, tan bien hechitas. Las compara con lo que le pasa que cada vez escribe a mano: cada vez lo hace peor; está pensando en comprar un cuaderno de caligrafía para tratar de poner orden y enderezar esos garabatos tan feos que hace cada vez que coge un boli. Palitroques horrendos, eso es.

Ella, que escribía tan derechito, con esa letra que le dio tantos sobresalientes en el cole cuando era peque, hay que ver qué letruja apretada hace ahora, que no la entiende ni ella. Anda que dicen de la letra de los médicos; pues si vieran la suya, contrahecha y tan fea desde que sale de la punta del boli. Tal vez el problema proviene de que  cada vez coge menos papel y boli y/o pluma para juntar unas letras. Antes por lo menos todavía hacía las listas de la compra a mano, pero ahora con el Evernote ya ni siquiera eso.

Pero es que esto es un horror, enfrentarse a la letra tan desnortada es casi tan horrrendo como asomarse al espejo cada mañana y comprobar el efecto del paso del tiempo en el rostro de ella, que antes era tan bonita. Quizá espejo y papel estén conectados por alguna misteriosa fuerza, y ambos ofrezcan un reflejo tan feo en forma de imagen y de letra del ser que ella lleva dentro y que va saliendo a flote, aflorando cada vez más según van cayendo los años. Quizá imagen y letra solo sean, al final, una especie de muecas.