Atención a la señal

Isaac Newton
Isaac Newton

Pequeños accidentes y observaciones en apariencia triviales devienen en grandes acontecimientos para la historia del ser humano. Ocurrió con la manzana aquella que Isaac Newton vio desplomarse desde su árbol: del análisis de lo sucedido surgió nada menos que el descubrimiento de la Ley de la Gravedad. Hay acontecimientos científicos muy celebrados que también tuvieron un origen similar. La creación humana no conoce límites. De unas nota musicales dispersas en la cabeza de algún creador puede surgir una sinfonía, o una canción pop (o algo más terrorífico: una marcha militar). De cuatro letras unidas al azar puede surgir un soneto. Y, salvando el tiempo y el espacio, en el campo de la informática que hoy tanto envuelve y enreda nuestras vidas, tres cuartos de lo mismo. Estos días se cumple el 25 aniversario del revolucionario dominio de Internet .com (en inglés, el famoso dotcom) que transformó la red (con un dato interesante: de los seis dominios dotcom que se registraron en 1985 hemos pasado a los cerca de 100.000 que se registran al día un cuarto de siglo más tarde).  El creador de Facebook, Mark Zuckerberg, ideó este portal social prácticamente por accidente, al menos según cuentan sus biógrafos, al echar un vistazo al directorio con las fotos de sus compañeros de Universidad. ¿Qué tienen que ver unas cosas con las otras? Nada, pero, ya sabe, por si acaso permanezca atento a las señales y a las ocurrencias que pasen por su mente: si se atreve a desarrollarlas, puede convertirse usted en un genio.

Página impar

Periódico
Periódico

La crisis económica golpea con especial crudeza a los medios de comunicación, especialmente a la prensa escrita (periódicos y revistas). En pos de la publicidad, estos medios ceden, cada vez con mayor frecuencia, sus espacios más visibles a los anunciantes, multiplicando lo que ya venía siendo una tendencia. Es frecuente encontrarse últimas páginas que ya no son contraportadas, sino anuncios a toda plana. Hay incluso hasta alguna primera página que se concibe a modo de escaparate publicitario. Otros periódicos de referencia no tienen empacho en publicar grandes encartes pagados, algo hasta no hace mucho impensable en determinadas cabeceras, Y, por supuesto, las páginas impares, aquellas más golosas para los anuncios porque son las primeras en las que se detienen nuestros ojos cuando miramos una revista o un rotativo, son espacio preferente para la publicidad (que también paga más por ocupar estos lugares, por supuesto). Los medios renuncian a escribir sus historias en estas páginas para que sean otros los que escriban las suyas: historias de perfumes, de coches, de cruceros allende los mares. Y nosotros, los lectores, ¿cuántas veces renunciamos también a escribir las historias de nuestras vidas para que sean otros quienes redacten las páginas impares, las más interesantes, de nuestras existencias?

Avaros cognitivos

Ardilla avara
Ardilla avara

El sociólogo Manuel Castells cuenta en su reciente obra Comunicación y Poder (Madrid: Alianza Editorial, 2009) que los seres humanos «son avaros cognitivos que buscan información que confirme sus creencias y costumbres, un atajo cognitivo que reduce el esfuerzo mental necesario para realizar una tarea», una interesante teoría expuesta por otro estudioso de la Ciencia Política, Samuel L. Popkin. Así se explica que, en el proceso de formación de la opinión pública, las personas «tienden a creer lo que quieren creer. Filtran la información para adaptarla a sus juicios previos. Son considerablemente más reticentes a aceptar los hechos que contradicen sus creencias que los que coinciden con ellas». El conocimiento de este proceso de avaricia cognitiva, por citar un ejemplo que menciona Castells, fue utilizado por la Administración Bush para continuar haciendo declaraciones engañosas sobre la milonga de las armas de destrucción masiva como justificante de la guerra de Irak, que siguieron repitiendo una y otra vez aun cuando ya se hubiera demostrado su falsedad. Mucho ciudadano norteamericano, a pesar de todo, siguió creyéndoles. Una interesante teoría que nuestro refranero condensa con sabiduría: «No hay peor ciego que el que no quiere ver» / «No hay peor sordo que el que no quiere oír».