Colesteroles

Tocino
Tocino

«Doctora, doctora, ¿se acuerda de mí? Soy un viejo conocido, Cleofás Cista. Vengo a darme un garbeo por su consulta, después de tanto tiempo, porque tengo el colesterol disparado y disparatado. En mi caso son tres los tipos de colesteroles de mi cuerpo: tengo el bueno, el malo y el fascistoide. Este último está por las nubes en mi organismo, porque no para de recibir nutrientes en forma de tertulias e informaciones de las cada vez más numerosas radios y teles de ultraderecha y de la prensa revenida. Todo yo huelo a tocino y lo bueno es que no paran de aparecer medios cavernarios: nuestro espacio ideológico es interminable, en una nada casual casualidad. Así que vengo para que me pueda poner algún tratamiento para poder seguir comiendo de tó lo rancio, que es lo que me gusta. ¡Gracias!»

Conceptos inabarcables

Conceptos
Conceptos

«Mi hija pequeña, doctora, me recriminó en la cena de anoche que en el supermercado me habían vendido unos filetes demasiado grandes, que no entraban en el plato. Me dejó preocupado, porque para alimentarme y alimentarnos siempre tiendo a comprar cosas que entran en los platos que tenemos en casa y que quepan en la boca (una vez troceadas). Pero lo de estos filetes… ¿marcará una tendencia? ¿Empezaré a tragar, o me estaré tragando ya desde hace un tiempo y sin que me haya percatado, cosas demasiado grandes para mi boca y, sobre todo, para mi mente? ¿Estaré comulgando con ruedas de molino sin saberlo? En el mercado, doctora, hay conceptos que los veo tan inabarcables que nunca los he podido comprar: el concepto de dios, por ejemplo, no hay plato que lo pueda contener. Vale, siempre puedo cambiar de platos, pero a estas alturas de la película ya no puedo cambiar de mente…»

Cóctel de realidades

Algo
Algo

«Doctora querida. Si la realidad analógica, que es en la que creo haber vivido durante buena parte de mi modesta existencia, ya me parecía tan embrollada en muchas ocasiones, ahora el cacao mental se multiplica con las nuevas realidades digitales. La ebullición que solía dispararse en mi mente simplemente por la exposición al mundo analógico sube de grados y de temperatura con estos flamantes mundos virtuales que me/nos desbordan por doquier.
Es todo tan inabarcable, tan inasible, tan incomprensible, tan ingobernable. Estamos en medio de una revolución para la que no tenemos respuestas, y por la cara que me pone, doctora, sé que usted tampoco las tiene. Morimos más ignorantes de lo que nacemos…»