Calles despuestas

Calles de Madrid
Calles de Madrid

Antes de la crisis, porque antes de la crisis también había realidad, cuando alguien quería salir demasiado pronto de su casa, casi que a la amanecida, cuando las sombras de la noche difuminan la realidad y todos los gat@s son pardos, siempre había alguien que reponía para intentar disuadirle: “Pero ¿dónde vas? ¿No ves que no están puestas las calles?”. Ahora sale uno a la calle, ya sea pronto o ya sea tarde, y las calles ya están puestas, pero puestas de aquella manera. Cruza uno el portal y se encuentra con una realidad cosida a machetazos y con socavones por dondequiera que uno mire. Calles puestas, de aquella manera, sí: aquí se recortaron los servicios de un centro de salud, allí un colegio sobrevive a pesar los tajos. Allí se ve un solar de un polideportivo municipal tan necesario para este barrio, pero que nunca se hará. Por aquella linde, rayana en el horizonte, solía pasar un tren de cercanías que ya no volveremos a oír pasar porque los gestores de la pela han dicho que sale caro. Al sol le falta un cacho porque alguien se excedió con las tijeras de podar, y la luna llora por la noche de angustia con los desvelos de tanta gente que no puede conciliar el sueño. Las calles están despuestas.

Energía para mover todo esto

El Intérprete
El Intérprete

Supongo que le ocurre a cualquiera que estos días se pone delante de un folio en blanco, una experiencia tan aterradora. ¿De qué escribir, si se tienen tantas cosas que contar, pero son todas tan siniestras, para qué dar la lata y amargar a quien te lee con este nubarrón que tenemos todos en la cabeza? Cuesta, mucho, cuando se ve todo tan negro a pesar de esta luz radiante de primavera que entra por todos los rincones de la casa. Incluso en esta casa soleada, con patio y azotea, en la que hay tantos dibujitos de brujas, con decoraciones también de brujitas buenas que trepan por las paredes, pero que no dan miedo. Dice mi hija que asusta más la realidad, y razón no le falta a la pequeña. Ahí fuera están pasando cosas tremendas y cuesta, cuesta mucho tirar para adelante. Pero hay que hacerlo, porque con las noticias que caen cada día de las portadas de los periódicos y de las ondas radiofónicas dan ganas de meterse en la cama, debajo del edredón nórdico o de la colcha de primaveraverano, y echarse a dormir unos cuantos años (si es que se puede) mientras las brujitas que decoran las paredes de este hogar velan los sueños. Venga, que no, que no nos van a vencer. Tirar, tirar palante, que la vida sigue y los sueños no siempre se pueden alcanzar, pero en el camino de alcanzarlos uno puede experimentar grandes cotas de felicidad. No están los tiempos para pensar qué ocurrirá dentro de un año, o de dos… Pero sí para tratar de conseguir que el mañana sea un poco mejor que hoy. Pasito a pasito se hace el camino y pueden cambiarse muchísimas cosas con empeño e ilusión, como demuestra el actor Asier Etxeandia, vecino de este barrio de Usera en el que habito, en una maravillosa función teatral, El Intérprete, muy recomendable para todo aquel que necesite un chute de energía extra para tirar para adelante.

Sin billete de vuelta

Maletas que tiran de humanos
Maletas que tiran de humanos

Una legión de españoles se está marchando allende las fronteras de la patria, o de la matria, a buscarse la vida donde pueden. Es lo que se ha venido en llamar exilio económico, ya no por las cuestiones políticas que trasterraron a tantos compatriotas bajo los años de plomo del franquismo, pero sí por cuestiones sociolaborales. Se van fuera, porque ya ni siquiera se puede emigrar dentro del país como hicimos muchos hace no tantos años: yo me moví de mi ciudad, de mi Madrid, con veinteymuypocos años, a otra comunidad, para trabajar en donde aquí no podía hacerlo, y luego pude regresar. Mis padres y mis tíos también fueron trabajadores emigrantes. Este exilio de ahora es diferente, y está expulsando a familias enteras fuera de España. Jóvenes en muchos casos, pero también ya no tan jóvenes. Gentes con experiencia y formación de sobra, hartas de que en sus ciudades les den con la puerta en las narices una y otra vez. Se están yendo posiblemente algunos de los mejores, para labrarse en otra parte el futuro que aquí no encuentran. Aportarán lo mejor de la España que llevan dentro, para construir fuera el país que no pueden levantar aquí. Llevan un billete de ida, solo de ida, porque la vuelta no está garantizada.