Que no te venzan: vitaminas para el alma

Farmacia
Farmacia

«Querida doctora, mucho tiempo llevaba sin requerir sus servicios. Le digo una cosa antes de que comience usted a hablarme: al igual que en alguna parte del mundo, la parte chunga sin duda, se acumulan los miles de millones tangados por fulanos de todos conocidos, en alguna parte también tienen que irse atesorando todas las cosas buenas del mundo, que también las hay. Las risas, los besos, los abrazos, las caricias… La infinidad de pequeños detalles que hacen que la vida merezca la pena a pesar de los pesares y de la tristeza de estos tiempos inciertos. Los millones trincados por fulanos sin escrúpulos se almacenan en fríos depósitos de metal, despiadados y crueles, venenosos y malignos como el mercurio, la ponzoña de las gentes miserables que nos han llevado a esta puta crisis. Pero las risas y todo lo demás de la buena gente, los tesoros mucho más valiosos que los millones que estamos dejando de darnos y de echarnos, pueden estar esperándonos a la vuelta de cualquier esquina, y hay que conjurarse para que vuelvan a adueñarse de todo, a enseñorearse de las sombras y a espantar las tinieblas. Suelo ir a una farmacia a buscar medicinas para el alma, doctora, pero la mejor vitamina que recibo cuando frecuento ese establecimiento la obtengo de un mensaje que la buena gente que la regenta tienen en un cartelito colgado en la pared: procura ser feliz. Al final es solo eso, ¿verdad, doctora? La química curativa está en nosotros, en los afectos que damos y que recibimos; lo demás son miserias.»

Los Popescu

Stop Desahucios
Stop Desahucios

Tuve unos vecinos de planta con los que compartí planta durante muchos años. Los Popescu, rumanos de Rumanía, trabajadores inmigrantes afincados en España desde hace muchos años tras una breve estancia en Alemania. Los Popescu criaron a sus dos hijos (niño y niña, estudiosos e inteligentes) puerta con puerta conmigo, en este barrio obrero del sur de Madrid. Algunos vecinos cotillas pensaban que venían de Estados Unidos (no sé el porqué de esa conjetura, porque Popescu suena a rumano de Rumanía). Una mala buena mañana de este lluvioso invierno en Madrid, los Popescu comenzaron a bajar sus cosas a la calle. El banco los iba a desalojar, y antes de que llegaran los ejecutores de esa tremenda muerte civil que se viene aplicando con suma desvergüenza en España desde hace también demasiados años, los Popescu, que siempre fueron discretos y orgullosos, cogieron sus cosas y se fueron. Unos días más tarde llegó la severa reprimenda europea a la cruel normativa de desahucios española, pero ya era tarde para los Popescu, que lo habían intentado todo para reconducir la hipoteca que ya no podían pagar, como consecuencia del quebranto del sector de la construcción en el que trabajaba el padre. Así que embalaron y se fueron. Me despedí de ellos en la calle, al pie de la furgoneta que les llevaba a su otra vida, y en el rostro del padre se adivinaron unas lágrimas, el mismo llanto que surca ahora las paredes desnudas del que fue su hogar, poblado también de los mismos gritos de dolor lastimero que atruenan en tantas partes de España.

Lo raro es que no dé alaridos

Llevaba días sin escribir este blog. Han pasado muchísimas cosas desde la anterior entrada. Vinieron los Reyes Magos, pasaron las fiestas, empezaron las rebajas, se empinó la cuesta de enero, reapareció Rajoy, ocurrió la desvergüenza del caso Bárcenas. Oigan, qué escandalazo lo de Bárcenas: sobresueldos en B, dinero negro a espuertas… Tremendo. En suma, desde principios de enero ha seguido el ritmo de los días con sus esperanzas, sus desesperanzas y su pereza. Pero aquí seguimos. Con todo este panorama, y a pesar de los pesares, el sol sigue saliendo, y lo raro es que cada mañana, cuando asoma el astro rey por el este, no lo haga dando alaridos, o bostezando, o tapándose los ojos y los oídos, porque el panorama de aquí abajo sigue estando muy malito.