El telefonillo

Momento telefonillo
Momento telefonillo

«Yo todas las mañanas, doctora, me intento liberar del sopor, como hará usted, con el telefonillo de la ducha. Por este apéndice llegan mensajes raros del mundo exterior hasta mi cabeza, todavía embotada a tan temprana hora: haz café, vete a trabajar, reúne algo de dinero para intentar recortar la voraz hipoteca… El telefonillo, aplicado al cerebro, conversa con la realidad que afuera, en la calle, también se despereza entre bostezos. Tiene mucha vida el telefonillo, sí. A una amiga mía, cuando era preadolescente, una monja que tenía de profesora solía asustarle no sin cierta delectación con que el telefonillo lo cargaba el diablo: la monja sabría por qué en lugar de dialogar con Dios mediante el telefonillo de la ducha procuraba un cielo ardiente con Lucifer. Mi amiga se quedaba un tanto extrañada en su todavía alma de niña, y solo más tarde pudo aprender las otras ventajas del aparato para su cuerpo, que desde entonces emplea con frecuencia para liberarse de la realidad mediante la inmersión en el deseo. Los poderosos, doctora, también usan telefonillo para sacudirse el estupor. En la imagen de la izquierda, que para mi consuelo se publicó ayer en numerosos diarios, la canciller Merkel parece aplicarse a la oreja una especie de teléfono de los antiguos, que en apariencia se asemeja más bien a un telefonillo de ducha. Al otro lado debía de estar conversando con la afligida Europa, medio hundida por la crisis: «Canciller, sáquenos del hoyo, ¡no nos deje caer!», debió de suplicarle la UE a la jefa del Gobierno germano. En ese último deseo nos jugamos nuestra realidad presente y futura, doctora.»

Quiebra moral

Somalia
Somalia

Mientras Occidente se afana porque sus sistemas financieros no se vayan al cuerno a cuenta del ataque de especuladores sin fronteras, la vida de millones de personas está en peligro -no ha dejado de estarlo- en el Cuerno de África. Los especialistas se ufanan de que en Estados Unidos no se haya producido la temida quiebra financiera. La otra quiebra, la moral, ya se ha producido, aunque todos podemos poner un pequeño granito de arena para contenerla. Unicef explica que «más de medio millón de niños está en riesgo inminente de muerte debido a la desnutrición aguda. En Somalia, Etiopía y Kenia se estima que 2,3 millones de niños sufren desnutrición aguda. Cerca de 11 millones de personas están en riesgo ante esta situación. Naciones Unidas ha declarado el estado de hambruna en Somalia, donde las tasas de desnutrición ya superan el 80% en las zonas del sur». Actúa y únete para remediar la situación. Combate la quiebra moral, el abandono de Occidente hacia la situación de millones de personas. Los especuladores del mundo no lo van a hacer por ti.

Buenos días, John

Avería
Avería

«Todas las noches antes de acostarme, doctora, tengo un largo recuerdo hacia el abuelo alemán o sueco o danés al que van a parar los interminables intereses que abono y abonaré por este modesto micropiso do moro. Qué estará haciendo el jodío. ¿Verá la televisión, se recreará en el cielo estrellado sobre la bahía de Göteborg? ¿Dónde queda Göteborg? Me ha dado por pensar que el abuelo al que le completo la pensión de manera tan generosa es un viejo futbolista al que, por sentirle más cerca, vengo en llamar John Eljkaer Larsen; un veterano deportista retirado que arrastró sus botas y su cuerpo por ligas nórdicas de segunda división, y que ahora completa su ya de por sí generosa pensión con los emolumentos que recibe por sus inversiones en deuda de los países pobres del sur de Europa. De aquellos polvos en forma de generoso maná crediticio que se derramó sobre España vienen estos lodos. Y no es que me consuele éticamente ponerle cara a mi acreedor, pero estéticamente me gusta saber que el que engorda a la postre con mi trabajo no es un anónimo capitalista orondo, calvo, con bigote y gran puro, sino mi Eljkaer Larsen, tan poquita cosa. No sé si alguna vez le veré; supongo que cuando yo tenga setenta años, como él, seguiré pagando esta hipoteca… mientras los herederos de Larsen se habrán comprado con la herencia y el esfuerzo de mi trabajo una casita en Menorca, en donde espero poder pasar alguna semana de vacaciones antes de los próximos treinta años, con permiso del señor Euribor. Doctora, ¡viva el mal, viva el capital!»