Otro modelo económico

Un molinillosaurio
Un molinillosaurio

«Como el meteorito que se supone que acabó con los dinosaurios hace miles de años, así fue el estallido en forma de crisis económica mundial que se llevó por delante a los grúasaurios allá por el 2009 de nuestra era. Anidaban los grúasaurios en las grandes ciudades y en las costas; se alimentaban de especulación inmobiliaria, devorando terreno a carrillos llenos; engullían créditos hipotecarios con gula, y excretaban luego unas feas heces que a veces terminaban  en la cárcel. Pero la crisis los barrió del mapa, sí. Su extinción dejó el horizonte limpio de su presencia, en una imagen chocante cuando durante décadas habían sido la especie hegemónica doquiera que un humano dirigiera la mirada por encima de los tejados. Fue el fin de la economía liderada por el grúasaurio, y sobre sus restos en descomposición se comenzó a erigir un nuevo modelo, se supone que destinado a durar por más tiempo, y de manera más eficaz para la salud de los humanos, más sostenible como se decía en aquel entonces: así empezó la era del molinillosaurio. Pero esta es otra historia.»

Plácido en versión Rajoy

Plácido, de Berlanga
"Plácido"

Pudo ocurrir así, según un testimonio que no es real, pero pudo serlo (se non è vero, è ben trovato): «Vino al comedor social un señor que suele salir en la tele. No, no era papá noel, ni un rey mago. Tenía barba, eso sí, y la voz como acorchada. Y se puso a servirnos cocido como un loco. ¡Hala! Ya hizo la obra de caridad anual a la que es de suponer que le obliga su preceptor espiritual». En efecto, debió de pensar Rajoy, «mejor no sentar un pobre a la mesa navideña de los ricos (como en la clásica película Plácido, de Luis García Berlanga), que luego te lo dejan todo perdido, ¿oyessss?;  es preferible acercarse al comedor social de turno, que así nos hacen una foto. Una vez al año no hace daño; los otros doce meses podemos encomendarnos a Dios para seguir pidiendo que esta crisis económica no se resuelva. Es más, nosotros, Los De Siempre, no tenemos de hecho ganas ninguna de que se arregle, a ver si así arrebañamos unos votos más entre los platos y la desesperación de la gente que tiene que acudir al comedor social». Esto tiene un nombre, que quedaba muy claro en la obra de Berlanga: hipocresía.