Navidades fantásticas

Capitán Lagartijón
Capitán Lagartijón

Mi hija Estrella (6), inspiradora de este blog, acaba de escribir su primer cuento, que quiero dejar reflejado aquí porque luego estas cosas se olvidan. Lo ha llamado Navidades Fantásticas, y me llena de alegría que sea una niña tan imaginativa: «Era un día feliz porque los niños estaban dormidos esperando a Papá Noel, pero al levantarse no había regalos, y luego, el día de los Reyes Magos, tampoco. Los niños estaban muy extrañados. ¿Sabes por qué? Porque Papá Noel y los Reyes Magos estaban en manos de unos piratas. La tripulación pirata no era mala; solo su jefe, el capitán Lagartijón, que vivía en un castillo. Pero los niños fueron al castillo del capitán Lagartijón. Ellos conocían a Lagartijón, pero querían ver el castillo abandonado sin saber quién vivía allí. Entraron al castillo y entonces vieron una habitación que ponía “Camarote del capitán y su tripulación”. Abrieron la puerta y encontraron al capitán Lagartijón, que sabían que era malo, y a su tripulación. Dijeron: “¿Por qué habéis atrapado a los Reyes y a Papá Noel estas navidades?”. Su tripulación dijo: “El malo es Lagartijón”, y él dijo: “Siempre he querido estropear las navidades, y ese ha sido mi destino”. Los niños y niñas, que eran miles, ataron a Lagartijón y desataron a Papá Noel y a los Reyes, y les dieron un abrazo y un beso. Todos eran felices menos Lagartijón, porque en aquel castillo les dieron los regalos pedidos por los niños. Entonces ese día la Navidad fue fantástica.»

Cuento benemérito

Tricornios
Tricornios

«Fui guardia civil en los 50, años duros. Soy de un pueblecito de Córdoba. Me gustaba el cuerpo. Cuatro años de dura formación en Valdemoro.  Me destinaron a Asturias, el lugar en donde los mineros habían fusilado a mi padre. Qué lugar tan gris. Hacíamos patrullas, en parejas, por las carreteras, uno en cada lado. Perseguíamos a los maquis, perseguíamos a las sombras. Y el sirimiri aquel, impenitente, penetrando hasta los huesos. El tricornio calado, asegurado con el barboquejo, la capa echada, el pistolón… Casi siempre todo negro. Había algún día de risas. Recuerdo una noche. Patrullábamos cerca de Ribadesella. Le dimos un “¡alto, quién vive!” a un grupo de hombres. Borrachos; venían de juerga. Nos gritaron: “Vosotros los guardias sí que vivís bien, que tenéis economato”. Nos echamos a reír. Hasta se carcajeó mi compañero, que era un cabo gallego que gastaba una mala hostia… Ganaba 625 pesetas. Llevaba la mochila llena de latas de sardinas, para cuando recorríamos los montes. Un día me harté. Me dijo mi cabo que le tenía que pegar a un gitano, que no había hecho nada. Pegarle a alguien. Qué hago aquí. Qué significa todo esto. Yo no estoy aquí para pegarle a nadie. Fui al comandante del puesto. Le dije que rompía mi compromiso con el cuerpo. Le devolví la pistola. Volví a Córdoba. Desde entonces, a lo único que le pegué es a los olivos, para varear la aceituna. También son verdes. Me recuerdan al cuerpo.»

Cuento demediado

Italo Calvino
Italo Calvino

«Doctora, mi vida es similar a la del vizconde demediado de la fábula de Italo Calvino, al que un cañonazo de los turcos partió en dos, y cuyas mitadas siguieron viviendo por separado, una mala y otra mejor. En mi caso, mi división es semántica, porque aparentemente estoy entero y no tengo costuras. Pero ocurre que desde pequeño me crié sólo con la mitad de las palabras, las contenidas en el tomo de la H a la Z del diccionario de la Real Academia, que me regalaron mis abuelos (a los pobres no les llegó el dinero para el otro volumen, de la A a la G). Y ahí está el origen de mis problemas, porque noto que a mi mundo le faltan la mitad de los significados. Por ejemplo, sé qué es “ir de paseo” porque son palabras contenidas en el mismo tomo, pero tengo problemas con “hacer el amor”, que ya corresponden a tomos distintos, y ahí sí que me hago, perdone la crudeza de la expresión, la picha un lío y no acabo de aclararme: ¿qué es “hacer el amor”?; por su cara deduzco, doctora, que tiene que ver con el bricolaje. El caso es que en apariencia escribo tirando de palabras de ambos volúmenes, pero en la práctica no sé de lo que hablo. ¿Puede recetarme usted unas grandes dosis de sopas de letras, para ver si así logro recomponer mi universo semántico? (la pasta, que sea sin gluten, que aunque no sé qué es, creo que me cae mal).»