Universo indiferente

Edadepiédrix
Edadepiédrix

Decía siempre Edadepiédrix que vivimos en un universo indiferente al sufrimiento humano.  «¿Y Dios, dónde está dios?», bramaba desde que los romanos nos expulsaron de nuestra querida aldea gala en el noroeste de la Galia (no podía estar en otro lado) y tuvimos que decirle adiós a nuestros pastos, a nuestros ríos y a nuestros montes, y venirnos pa España. Él siempre temió una cosa, una sola cosa (que no eran precisamente ni que nos cayera un pepinazo de coreadelnortecoreadelsur o que los especuladores se merendaran la economía de nuestro país de adopción, no). Su única preocupación, su único temor, como buen galo, era que el cielo se desplomabara sobre su cabeza. Todo el santo día estaba con la misma cantinela. Vivía acongojado y acojonado incluso, con una cara de susto y de espanto que ni siquiera se le pasaba cuando representábamos nuestros locos espectáculos enfrente de los niños. Bueno, no es que tuviéramos el tirón de los cantajuegos, pero teníamos nuestro público. Y hete aquí que llegamos a hacer unos bolos a Oviedo, en plena cornisa cantábrica. Estábamos tomando unas sidrinas afuera de un chigre (El Llagar de Carmiña se llamaba) y, ¡pumba!, un cacho de cornisa del edificio colindante, que no había pasado la ITE, le pegó en tó lo alto a Edadepiédrix. Fue una muerte fulminante, oiga, y, créame, se le dibujó una sonrisa en el rostro. Al final resultó que el cielo se le desplomó sobre la cabeza. Yo creo que fue una especie de acto de justicia poética la manera que tuvo de morir el probe.

Cono invertido

Conos
Conos

«La noche de autos me despertó tal tormenta, doctora, que pensé que los rayos y los truenos que caían anunciaban el advenimiento del anticristo, o la formación de un nuevo mundo, un Big Bang bestial, o la temporada de rebajas otoñoinvierno de los grandes almacenes que están al otro lado del PAU. Salté de la cama y llegué a tiempo de cerrar las contraventanas, antes de que los alféizares reventaran de agua. La lluvia no llegó a calarme la piel, y eso que tuve que atravesar a todo correr el jardín, hasta llegar al invernadero y comprobar con sorpresa que el techo de cristal había saltado en mil pedazos y el agua estaba arruinando los rododendros (¿se escribe así?). Y luego noté el dolorcillo. Me apalpé la cabeza y vi que me estaba saliendo un cono invertido, con un vértice que apuntaba hacia dios, o sea, hacia dentro de mi cuerpo, porque siempre he sido panteísta y he creído que hay un dios en el interior de todas las cosas. Regresé a la cama y me dormí, confiado en que todo había sido un mal sueño. Pero al sonar el despertador a las 06:00 am, lo primero que hice fue tocarme la cabeza, para comprobar, con alegría incluso, que el cono invertido apuntando a dios, o sea, hacia mi interior, seguía allí arriba. Desde entonces uso este almacén para llevar los emparedados del mediodía a la oficina; total, ya que mi cabeza no me nutre de demasiadas ideas para el alma, al menos que me sirva de sustento nutricio para el cuerpo. ¿Quiere un bocata, doctora?»

Vida sintética

El comecocos
El comecocos

Dicen estos días los papeles que los científicos han logrado crear vida artificial, en forma de una célula sintética elaborada a partir de una bacteria que causa infecciones en el tracto respiratorio humano. La han bautizado, aunque no haya habido por lo que se ve intervención divina, como Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0. No proviene de ninguna reproducción previa, aunque en sí misma tenga nombre de reproductor de DVD o Blu-ray, sino de una fría probeta. No se sabe qué será de mayor, pero se le augura un fulgurante porvenir. Quién sabe si de esta célula de momento poco humana podrán nacer en el futuro seres complejos, como jueces, bomberos o controladores aéreos. El alumbramiento de Mycoplasma mycoides JCVI-syn1.0 ha querido coincidir en estos días inciertos con el aniversario de otra célula informática, nacida en los 80, que nos animó muchos ratos de bar a los chavales de aquellos tiempos (no había entonces consolas de videojuegos, no): el comecocos o pacman en su nombre en inglés, que cumple treinta años. Era ésta una célula de comportamiento bastante similar al de cualquier ser humano: deambulaba como enloquecida por pasillos cerrados, no veía más allá de su nariz y ganaba puntos a base de comerse a los demás cuando era necesario. Qué nostalgia.