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El molde

Molde

Molde

Le escuché ayer a una persona reflexionar sobre que uno tiene la edad que siempre ha tenido. Me gustó esa idea. El tiempo cambia y nos cambia, pero con frecuencia seguimos igual. Hay gente idiota con quince años que cuando llega a los 45 sigue siendo igual de idiota, incluso triplemente idiota. Y hay personas maravillosas con doce años que con 36 son triplemente maravillosas. Topé una vez con una persona muy, pero muy idiota. Y, por estas casualidades de la vida, una persona que la conoció hace mucho tiempo me corroboró que era ya imbécil perdida desde su más tierna juventud. Así que con esta realidad posiblemente tenemos que jugar para saber que, aunque los cambios son posibles, prevalece en nosotros la forma que teníamos desde chiquitos. Y que se puede intentar uno modelar y remodelar, pero sobre un molde de fábrica que, por lo que se ve, admite pocas alteraciones.

 

 
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Publicado por en 26 abril 2018 en Actualidad

 

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Luciérnagas

Luciérnaga

Luciérnaga

«Nunca he visto una luciérnaga. Tengo ya una edad; casi que estoy en el ecuador (supongo) de mi existencia (según las estadísticas), pero todavía no he alcanzado a admirar su fulgor, su brillo en una noche oscura, su guía luminosa. Tampoco me he adentrado en un bosque en una noche cálida a ver si me topo con alguna, y está claro que por su gusto no me van a salir al paso a saludarme, así que tendré que esforzarme. Otras cosas las he visto ya y, bueno, en algunos casos ha merecido la pena la espera; en otras, pues tampoco era para tanto; luego hay ocasiones que se ha presentado algo inesperado cuyo resultado ha sido sorprendente. Pero las luciérnagas… Nunca he visto ninguna, y espero que no tenga que morime sin verlas, así que perseguiré lo que se parezca a un fulgor o a un brillo iridiscente, a ver si es una de ellas.»

 
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Publicado por en 28 abril 2011 en Historias reales

 

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Fruta madura

Chirimoyas

Chirimoyas

Compré unas chirimoyas hace unos días. Grandes, lustrosas. Las elegí de escama grande: es un truco que me dio un frutero: las de escama grande son siempre las que tienen menos pipos. Si son de escama pequeña, huye de ellas; no hay dios que las coma; se te atascarán los dientes con tanta semilla y apenas paladearás su carne. Venían las frutas envueltas en papel de estraza y las saqué de él al llegar a mi casa. Las metí en la nevera. Y ahí la jodí: algo alteré en ellas, que no llegaron a madurar bien; algo rompí en su maduración natural, que se corrompió la pulpa y no hubo nadie que se atreviera con ellas. Hubo que tirarlas. Y esto me dio que pensar en la diferencia entre envejecer y madurar. Hay gentes que van envejeciendo por fuera, pero su pulpa se pudre por dentro, o se queda acorchada y no son jugosas al paladar. Que no maduran bien, vaya, por lo que sea. Su envoltorio se va avejentando por fuera, pero por dentro están huecas, acorchadas o, lo que es peor, podridas. Envejecer y madurar no son procesos que vayan en paralelo, pensé. Se trata de crecer por dentro conforme pasa el tiempo, pero no siempre ocurre. Hay que ver lo mucho que el cerebro maquina, y todo a raíz de comprar unas simples chirimoyas.

 
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Publicado por en 3 diciembre 2010 en Historias reales

 

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