El censor

Tijeras
Tijeras

«Amada doctora, le habla Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Perdone que no haya podido ir a la consulta y que le escriba este correo eléctrónico, pero me dio un ataque de melancolía pensando en cuando era más joven y trabajaba de censor para el régimen. ¡Ah! Qué placer me producía cortar una película subidita de tono en la que aparecía un beso, no le digo nada si el corte afectaba a un seno incipiente, o a la curva de un muslo… Pero no era menor el también intenso placer que me generaba cortar de un libro palabras como «democracia», «derechos humanos», «libertad». ¿Y qué hacía con todos esos recortes? Los iba archivando en una caja, y por las noches los mezclaba en fantasías interminables, con un sucio y paradójico sentimiento de culpa. Lástima que la llegada de la democracia arruinara mi trabajo y me condenara a vagar como alma en pena. Estoy ya mayor, pero, dígame la verdad, ¿cómo estoy de salud para emigrar a otro país en donde pudiera retomar mi vieja querencia por las tijeras, China por ejemplo? Si lo de China no me lo recomienda, había pensado como alternativa irme a Valencia: allí seguro que el presidente Camps me podría dar un buen puesto para eliminar de las emisiones públicas palabras como «correas», «bigotes», «trajes». ¡Gran placer!»

Jerga y desorientación

Rafael Alberti
Rafael Alberti

«Como suele decir mi mujer, doctora, lo que no se nombra, no existe. En este proceso de ocultación, los humanos tenemos una larga trayectoria, enviando al limbo del silencio cuestiones incómodas. Ha pasado en todas las instituciones,  y en todos los países: los temas espinosos se obvian y se condenan a una especie de segunda muerte. Ocurrió, por ejemplo, con los abusos a menores en instituciones religiosas, durante muchos siglos silenciados, o con los que suceden en el seno familiar, otro gran tabú. Y, aunque no tenga nada que ver, doctora -pero ya sabe que me gusta pasar de un tema a otro haciendo grandes piruetas-, en otros casos se nombran las cosas, pero envueltas en tal cantidad de jerga que acaban convertidas en mundos cuya comprensión queda al alcance de unos pocos: sucede en el mundo económico, o en el jurídico. ¿Quién les entiende? ¿Quién nos entiende? Hasta el más pintado se cree muy centrado, cuando en realidad está tan desorientado como el humano del poema Se equivocó la paloma, de Rafael Alberti: Se equivocó la paloma. Se equivocaba. / Por ir al Norte, fue al Sur. Creyó que el trigo era agua. Se equivocaba. / Creyó que el mar era el cielo; que la noche la mañana. Se equivocaba. / Que las estrellas eran rocío; que la calor, la nevada. Se equivocaba. / Que tu falda era tu blusa; que tu corazón su casa. Se equivocaba. / (Ella se durmió en la orilla. Tú, en la cumbre de una rama.)»

Desde el jergón

Judy Garland
Judy Garland

«Desde el jergón, con fiebre y con dolor, doctora, me imagino una delirante versión de El Mago de Oz. Veo a Mariano Rajoy transformado en Judy Garland, con trenzas y zapatos de rubí, cantando Over the rainbow, pero en una versión más acorde para su persona: Over los chuches. Y en su viaje por el camino de baldosas amarillas (aquí también cambia el color original por otro más bien caqui, o caca) no acompañan a Rajoy un león cobarde, un espantapájaros sin cerebro y un hombre de hojalata sin corazón, no. Sus amiguitos son un tal Bárcenas, otro llamado Bigotes y un tercero, el tal Correa, todos muy listos, con la mente muy rápida y las manos muy dispuestas para agarrar lo que sea, los tres brincando y trincando. Es una versión de pesadilla, que me hace sufrir, con lo que a mí me gusta esta obra (la original de L. Frank Baum, llevada al cine en 1939). ¿Me queda mucho de fiebre? Por cierto, doctora, que de esta obra ya clásica se pudo ver hasta el pasado día 18 una estupenda versión en formato musical -para pequeños, pero también para grandes- en el teatro Príncipe Gran Vía, de Madrid, bajo el título El Mago de Oz: El Musical; si la reponen en alguna sala, no dude en ir a verla con la parentela. Sin Rajoy, claro (aunque eso ya va en gustos). Vuelvo al jergón.»