Ensalada de morera

Morera
Morera

«Verá, doctora. De pequeño criaba gusanos de seda en una caja de zapatos, un entretenimiento casi desaparecido ahora, en esta generación de niños atados a consolas audiovisuales. Creo que una vez también tuve una lagartija en una caja; decoré las paredes con recortes de libros (de paisajes que suponía que le podían agradar al bicho aquel, claro, para no traumatizarle). Pero lo de los gusanos era un pasatiempo curioso, mi favorito. La vida se desarrollaba apresurada  entre las cuatro paredes de esa caja, en un trasunto de la propia existencia: huevos, gusanos, capullos, mariposas… con mucha morera de por medio. Y ahora, tantos años después de la experiencia gusana, y talludito como estoy, me veo en mi piso, también entre cuatro paredes. Y a veces alzo la mirada al cielo, intentando interpelar al señor de los gusanos (o de los capullos, que abundan mucho; mariposas también las hay, pero menos): le hago alguna que otra pregunta a ese señor, pero no obtengo respuestas y sólo escucho el silencio. Así que, preso del aburrimiento, me voy a preparar una ensalada de morera para matar el tiempo: ¿alguien tiene algún aliño especial?»

Cuento escatológico

Bocazas
Bocazas

«Buenas tardes, doctora, qué guapa está. Aquí Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Vengo a verla porque tengo problemas con los gases. Expelo ventosidades a gran velocidad, pero siempre miro a izquierda y a derecha cuando estoy en lugares cerrados, en el Metro por ejemplo, porque suele quedarme la duda de si mis vecinos de vagón se habrán percatado de mi procacidad y me me da vergüenza que mis congéneres detecten mi carácter porcino. Y el caso es que luego acudo a comidas, tertulias y otros encuentros sociales en los que, ¡oiga!, excreto gran cantidad de basura por la boca, y me importa un comino lo que piensen de mí. Me crezco especialmente cuando estoy con mis cuñados, esa gentuza de izquierda con quienes mis hermanas tuvieron el error de contraer matrimonio; les dejo atónitos y como desencajados con mis comentarios de hombre recto y de bien, de español sin tacha y orgulloso de serlo, que es lo que no son esos desgraciados: el 11-M, un montaje del PSOE; el caso Gürtel, un invento de Rubalcaba; los inmigrantes, al mar; a los parados, que les den; los socialistas, unos ladrones; pagar impuestos, de tontos. Aquí el único que puede robar soy yo, que desfalco todo lo que puedo en mi empresilla y tengo contratada a una mucama sin papeles a la que le pago cuatro duros; que se joda, y si no, que se hubiera quedado en su país. ¿Me da alguna medicina, doctora? Sí, algunas pastillas para la tripa; bueno, lo he pensado mejor: para mí no; para mis cuñados, para que se les pase el estreñimiento.»

Voces y jadeos

Especies picantes
Especias picantes

«Buenas tardes, doctora. Uso audífono desde hace muchos años, desde que comencé a quedarme sordo, demasiado pronto para mi edad. Pero ahora me preguntaba si lo puedo dejar de usar, o al menos cambiarlo por uno menos potente; no sé. Verá, me acabo de comprar una casa de segunda mano. Cuando entré en ella, me transmitió muy buenas vibraciones. Estaba sin amueblar, salvo la cocina y el baño. En la cocina me llamó la atención un mueble especiero muy bonito; creo que es de madera de palo de rosa. Lo sorprendente es que los anteriores dueños de la casa, una pareja joven sin niños, habían dejado allí botes llenos de especias y algunos recipientes con otros productos. Destapé un bote de cebollas, que aún se conservaban bien -qué extraño-, y al instante creí oír unos lloros; sí, eran voces mezcladas con llantos. Lo volví a tapar, asustado. Luego cogí un bote de curry, y resonó en mi audífono una melodía romántica. Probé con un bote que ponía «especias picantes» y surgieron unos jadeos entrecortados; éste sí que lo tapé rápido, porque ya voy mayor y mi corazón no aguanta estas emociones. ¿Qué puedo hacer? ¿Tiro el audífono y me quedo en silencio? ¿O me deshago del especiero?»