Tulipanes espectrales

Tulipanes
Tulipanes

«En la tele del Metro de Madrid que me llevaba al trabajo decían el otro día que para descansar bien por la noche no hay que consumir productos excitantes en los momentos previos, no hacer ejercicio antes de dormir e irse a la cama con la mente limpia. Yo, doctora, que soy fiel seguidor de todos los consejos de salud por mi naturaleza hiponcondriaca, sigo al dedillo estas recomendaciones. Pero no por ello en estos tiempos de crisis brutal dejo de tener pesadillas sobre el presente y el futuro, que quiebran mi ser, de natural optimista. Esta pasada noche soñé que dormía en una especie de vitrina de cristal, a ras de suelo, desde la que veía un campo de tulipanes entre cuyos colores sobresalían unos seres espectrales, y me desperté sobresaltado, porque aquello parecía un camposanto. Me pregunto, doctora, si todos los especuladores que están haciendo caja con los jirones del euro, que seguro que consumirán todo tipo de productos excitantes, harán ejercicios compulsivos antes de irse a la piltra y tendrán la mente sucia pensando en un chorro de dinero que les cae sin cesar con sus siniestros juegos malabares, que están arruinando a sociedades enteras, dormirá a pierna suelta y roncando sin parar. Y no hace falta ser un genio, doctora, para temer que sí que lo harán.»

El robot

Robot
Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»

La mirada

Mirada
Mirada

«Venimos al mundo, doctora, desde la oscuridad a la luz y necesitamos calor desde nuestro primer berrido, desde que lo brazos de nuestra madre nos acogen y nos calman. Somos seres sociales, aunque las relaciones sociales sean tan complicadas y fuente de tantos quebraderos de cabeza, doctora, usted lo sabe mejor que nadie. Evitada la gente tóxica, espantada la gente chunga, descontados los indeseables, quedan muy pocas personas. Porque consuela en tiempos de zozobra, en esta época incierta y de futuro por escribir, encontrar la palmada de alguien en el hombro, los dedos de otra persona que se entrelazan en los tuyos por el mero gusto de hacerlo, los ojos de los seres que quieres y que no tienes que buscar, porque son esos ojos los que se topan contigo y siempre están ahí como faros en la noche para evitar que nos demos de cabeza con la escollera. La mirada, las miradas de las pocas personas que en verdad uno tiene cerca, de algunas que también se fueron, que son una luz entre las tiniebas y que iluminan mi mundo y el pequeño mundo de cada cual. En esta era de la rapidez, de las prisas, del vistazo, yo valoro la mirada. Las miradas que te muestran el camino y que te anclan la cabeza para evitar que eche a rodar; las miradas que no quiero perder de vista. Son estas pequeñas cosas las que hacen grande la existencia.»