Hasta siempre, Labordeta

Labordeta
Labordeta

Qué difícil es encarnar tantas voces y hacerlas todas bien, sin caer en el artificio, ni en la impostura, sabiendo a la vez que encarnas las voces de esperanza y libertad de tantas gentes. Pero así fue la vida del aragonés José Antonio Labordeta, fallecido este fin de semana como consecuencia de un cáncer (la larga enfermedad que dicen algunos medios cuando hablan de algún ilustre muerto por un tumor; ¿por qué se sigue empleando un eufemismo tan estúpido, que enmascara una dolencia tan común desde un punto de vista estadístico?). El Labordeta cantautor, escritor, parlamentario, presentador de televisión, con su voz profunda, auténtica y de izquierdas, el hombre bueno que se hizo un hueco en el corazón de los españoles. El tipo entrañable que nos metió en su mochila para darnos otra visión de la piel de toro, y que ganó la simpatía de la mayoría cuando cantaba las verdades del barquero en un Parlamento tan dado al teatrillo. Una anécdota: cuando era más joven, llegó a darle a clase a Federico Jiménez Losantos, en Teruel; ¿como sobreviviría a aquella experiencia? Hasta siempre, Labordeta.

Tiempo de brevas

José Saramago
José Saramago

José Saramago se ha ido en tiempo de brevas, el primer fruto de la higuera, que llega a las plazas de abastos españolas a mediados de junio y sólo se prolonga unas pocas semanas, y que presagian ya los higos de final de verano, más pequeños y dulces, igual de apetitosos. El escritor portugués vivía en la isla de Lanzarote, que no es precisamente tierra de higueras, y de él siempre recuerdo una anécdota sobre árboles, real pero narrada con su maestría de fabulador como gran autor que era: su abuelo, cuando intuyó que le llegaba la hora de morir, se despidió con un abrazo de cada uno de los árboles que había en su huerto. Ese sentido de fraternidad universal que posiblemente heredó de su abuelo impregnó la obra del Nobel portugués. Sus libros, como los de tantos escritores y escritoras, se enraizan en la tierra y dan frutos como las brevas mediterráneas que picotean los gorriones, pajarillos que suelen reparar en las más dulces, antes de que su almíbar llegue a los anaqueles del mercado y a los estantes de nuestras librerías. Hasta siempre, maestro, desde este rincón de la balsa de piedra.

La difícil sencillez

Manos de Delibes
Manos de Delibes

“Yo siempre he dicho que soy un hombre sencillo que escribe sencillamente”, decía el autor. Se ha ido Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), uno de los grandes de la literatura española, creador de novelas y de personajes imborrables (cómo olvidar al Azarías de Los Santos Inocentes, llevada al cine por Mario Camus, con su “milana bonita”). Quienes glosan su figura y su obra suelen destacar un rasgo de su creación literaria -aparte de coincidir en muchas de las virtudes que acompañaban al novelista y a la persona-, que comparte también cualquiera de sus lectores: la sencillez de la prosa de Miguel Delibes. La difícil sencillez, agrego yo, que al final resulta lo más complicado de conseguir para quien se dedica al oficio de las letras. La complejidad de escribir con sujeto, verbo y predicado, sin artificios, y pretendiendo dar respuesta, o no, a alguno de los grandes interrogantes que nos acompañan desde que venimos a este mundo: el sentido de la vida, la muerte, el sexo, el misterio del amor.