¡No hay peces!

Peces de colores
Peces de colores

Mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas, me confesó la otra mañana, camino del cole, su último descubrimiento. El pasado jueves estrenó, en la piscina a cuyas clases acude desde hace tiempo para soltarse en el agua, unas gafas de natación, para que el cloro no le enrojezca los ojitos. Y de repente lo tuvo todo claro. Al poder ver bien entre el agua con su nuevo aditamento, se llevó un chasco, que me reveló con una mezcla de asombro y desilusión que me produjo una tierna pesadumbre: «¿Sabes, papi? ¡En la piscina no hay peces!». Yo le tranquilicé -aunque tampoco parecía muy intranquila cuando me hizo esta revelación- y le recordé que con las gafas de su imaginación siempre podrá ver peces de colores en todos los lugares que quiera, por muy grises y turbias que sean las aguas. El poder de la imaginación que siempre acompaña a los niñ@s y que cuando nos hacemos mayores parecemos abandonar (sobre todo algunos); qué pena.

Felices, libres, iguales

Niño
Niño

Mi hija Estrella y sus compañer@s entran a clase entre un torrente de gritos y risas. Son niños y niñas de corta edad, y el color de su piel y sus apellidos no les importan lo más mínimo: somos los mayores los que creamos los prejuicios. Es una imagen en un colegio público de un barrio de Madrid, claro, porque en los centros concertados (sufragados también con fondos públicos, ojo) y privados estas estampas multiculturales, como se dice desde hace un tiempo, son más inéditas. Mi deseo como padre, como el de cualquiera de los que acompañamos a nuestros niños al cole a esa hora de la mañana, es que crezcan felices, libres e iguales. Pero hace falta mucha inversión pública, y mucha más voluntad política (y desde luego al menos en la Comunidad de Madrid no se ve en demasía), para que la escuela pública pueda integrar con eficacia a todos estos pequeños cuyas familias han llegado a España en los últimos años, al modo en que ha venido funcionando el sistema educativo público de nuestra vecina Francia (vecina, ¡pero a años luz en tantas cosas!). Ellos y ellas, los de origen oriundo y los que tienen su procedencia allende de nuestras fronteras, tan españoles los unos como los otros, representan el futuro de esta piel de toro, mestiza para siempre. Y ninguno ha venido al mundo ni con un crucifijo, ni con un velo, ni con una kipá debajo del brazo, sino con un ansia infinita de crecer, reírse y aprender.

Mapa del tesoro

Una pirata
Una pirata

Me vino mi hija Estrella (+4), inspiradora de este cuaderno de notas de Faktuna, con un gran secreto: «Papi, este es tu mapa del tesoro». Mi mapa, porque confeccionó otras dos copias, una para su madre y otra para ella. Y en efecto, me hizo entrega de un pergamino (un folio enrollado) con un mapa dibujado con boli azul de arriba a abajo y los siguientes elementos en su composición: unas nubes, un barco pirata en el cielo, un sol de aspecto burlón, una isla con montañas, unas olas, un ser sin identificar («un señor»), una palmera. A la derecha de la palmera parten unas decenas de puntos -pasos- que llevan a un lugar señalado con una equis… que es donde se encuentra el tesoro, claro. Mi niña me precisó: «Papi, debajo de la palmera, en la playa, antes de ir a buscar el tesoro, nos tomaremos un cóctel» (el suyo sin alcohol, apostillo yo). Lo que no me indicó es cuál es el tesoro, pero creo que le da igual. Estrella tiene claro que lo importante en la vida es el misterio y las ganas de jugar, de aprender y de avanzar, sin pensar en lo que haya al final del camino.