Mucho más que un programa

Alberto Chicote
Alberto Chicote

La seca Celtiberia está llena de agua. Torrentes, escorrentías, ríos desbordados… Agua que no para de manar. En una esquina de España había un país de agua por excelencia, Galicia, pero el efecto se ha extendido por toda la piel de toro. España se encharca, pero no es agua del cielo. Es agua de las lágrimas derramadas por toda la gente que lo está pasando mal en esta crisis que todo lo hunde (salvo a los de siempre: los poderosos y los bancos, que salen siempre a flote y a bordo de sus yates de lujo). Otros son los desesperados, los más débiles de la sociedad, arrastrados por una corriente que ellos no han creado y en la que no tienen culpa. Son tiempos duros y desesperanzados, y es fácil decir ánimo cuando cunde el desánimo y todo lo empapa. Pero hay que tirar para adelante, perseverar, plantar buena cara al mal tiempo y remar juntos para buscar una salida colectiva. En la tele acaban de estrenar el programa “Pesadilla en la cocina” (La Sexta), de un chef, mi amigo Alberto Chicote, que enseña a tirar palante a restaurantes en crisis y al borde de la ruina (que es como está el país, por otra parte). Es un programa solo, pero también puede ser un símbolo: a base de perserverar y no desfallecer, a pesar de los pesares, con espíritu y fuerza de equipo y sin dejar a nadie atrás podemos volver a salir a flote. Conozco a Chicote desde que éramos críos en Carabanchel Alto y vecinos de pupitre en clase; sé de su tenacidad, ilusión y bonhomía (que no se equivoque quien no le conozca: la aparente rudeza del cocinero que sale en la tele alberga un gran corazón). Esas son las virtudes que nos hacen falta para espantar las nubes que lo inundan todo.

De pucheros

Olla
Olla

La costumbre humana de meter un porrón de cosas en un puchero, cocerlas y comerse después caldos, legumbres, hortalizas y despojos varios es tan vieja como la historia del mundo. El planeta es una gran olla de olores diversos, y las recetas de los potajes proliferan por donde uno mire. Desde las múltiples variantes de los cocidos con garbanzos y otras legumbres de la piel de toro -con esa receta de nombre bestial, olla podrida– a la adafina judía, pasando por el cuscús norteafricano y los excesos de cocción británica, todo el orbe es una gran olla puesta al fuego. Lo extraño es que a estas alturas haya tantas personas que pasan hambre, y que los platos de unos estén tan llenos y los de otros, la mayoría, sigan estando tan vacíos. Así no es de extrañar que el orbe, desde el espacio, seguro que deba verse como una olla exprés echando vapor a lo bestia y que algún día, ¡ay!, corra el riesgo de reventar por exceso de presión.

Ruge la lorza

Don Draper
Don Draper

«Hay momentos del año, doctora, en los que me ruge la lorza. Mi cuerpo demanda energía para almacenar, y la consigue de donde puede. Esta es buena época del año para hacer acopio. Frutos secos, garrapiñadas, chocolate, bombones, turrones, polvorones, peladillas, frutas confitadas, comidas de empresa, comidas con los amigos… Los michelines van engrosando y se convierten en miguelones. Platos de cuchara y pucheros sin fin. Todo vale para el objetivo de irse recubriendo de grasilla que proteja del frío. Me como todo lo que se me pone por delante. ¿Puedo meterle mano? No, por dios, no a usted, doctora; no me tome por el macizorro ese de Mad Men, el Don Draper. Me refiero a su nevera. ¿Puedo meterle mano a su nevera? ¿Tiene algún pastelillo dentro? Mejor engordar a base de proteínas e hidratos de carbono y no ingiriendo la dieta del Departamento de Estado de EEUU, que son los cables esos revelados por Wikileaks. ¿Y yo que pensaba que trabajar en una embajada debía de ser más bien tedioso? ¡Están todo el día dándole a la tecla, doctora! ¡Esos sí que tienen nutrientes informativos para repartir a diestro y siniestro!»