¡Sigan al asesino!

Panama Jack
Panama Jack

«Sí, agente; lo que le digo. Era un tipo anodino, sin más; de unos setenta años; pelo blanco. Deambulaba ayer por los pasillos de la estación de metro de Legazpi, la mirada torva. Su comportamiento me hizo sospechar; siempre creo que todo el mundo es sospechoso de algo. Vencí mi miedo y pude mirar de reojo dentro de la pesada bolsa que portaba, cuando subí detrás de él en la escalera mecánica. Y ahí comprobé que yo estaba en lo cierto: la bolsa contenía un torso de un ingenio mecánico que identifiqué como el quemador de una caldera de gas, posiblemente destrozado a martillazos. No me cupo duda: este criminal había asesinado a su caldera, la había despedazado con saña y estaba repartiendo ahora los restos de su víctima por todo el metro de Madrid, para que no quedaran pruebas de su execrable crimen. Bueno, agente, tampoco es que me extrañe: la caldera de mi casa falló este crudo invierno más de una vez y mi mujer y yo también pensamos en asesinarla, aunque al final se impuso nuestro carácter, de natural compasivo, porque nuestra Saunier Duval es como si fuera de la familia. Pero lo del tipo este del metro… me inquietó, y por eso vine a la Comisaría a poner una denuncia. Una prueba de su, sin duda, naturaleza psicópata: la bolsa en la que portaba los restos mortales aún humeantes era de ¡Panamá Jack! ¿Dónde se ha visto algo semejante? ¡Por Dios, síganle la pista antes de que despedace a su siguiente víctima!»

Experiencias místicogaseosas

Gas
Gas

Mucho tiempo atrás tuvo un amigo que, cuando adolescente, en ese tránsito de dolor entre la infancia y la edad adulta, creía interpretar la voluntad de un dios -no tenía muy claro cuál de ellos- a través de los gases de su cuerpo. Sí, era curioso y sin duda herético: el chaval aquel se tumbaba en la cama después de comer y prestaba mucha atención al movimiento de sus intestinos. Mediante esos meneos de su aparato digestivo, él hablaba con su dios; su iglesia estaba en su organismo. Bueno, en estas cosas cada uno es muy libre de perder el tiempo como le apetezca. Hace años que no se ven. No sabe, por tanto, si su amigo acabaría conducido a alguna hoguera, por hereje, convertido en sí mismo en una tea humeante de gas al encuentro con su Creador, o si habrá preferido acabar con sus experiencias gaseosoreligiosas a golpe de Aero-Red.