Historia de una gárgola

Gárgola
Gárgola

«No es mala cosa ser una gárgola en esta catedral. Es mi castigo y, al tiempo, mi satisfacción. En otra vida anterior, yo era una persona tóxica, siempre echando mierda sobre mis vecinos, difamándoles y calumniándoles. Y el tiempo, que acaba poniendo a cada uno en su lugar, me impuso una merecida condena. Al reencarnarme me convirtió en lo que ven: un ser terrorífico en la distancia corta, encaramado en esta cornisa. Después de ¿cuatrocientos años? aquí, me gusta derramar agua sobre los transeúntes de la hermosa flor de piedra que es esta villa. Tengo el honor, reconocido en una medalla de granito que me prendieron sobre el pecho, de ser la primera gárgola de los tejados del burgo que avista el nacimiento del sol. Agradezco sus rayos tempraneros, que calientan esta piel de piedra mía. Y luego veo con tristeza su marcha hasta el día siguiente. En invierno, el agua del día se convierte en hielo por la noche, y me arruga el rostro todavía más. Tales son los hitos de mi vida, en la que disfruto posando para las cámaras de turistas como usted, que me inmortalizó para siempre, al menos para otros cuatrocientos años más.»

Terrorífico ánsar

Mirada aviesa
Mirada aviesa

«Ahora que estoy mayor y se me caen las plumas, queridos hijos míos, os voy a contar un cuento, de cuando esta bandada la formábamos jóvenes frescos y dispuestos, con nuestras plumas recién estrenadas. Éramos tan felices, hasta que apareció él y algunos le designaron jefe, con esa mirada aviesa y esa pelusilla sobre el pico. Y todo el día pegando graznidos, y abrocando al personal, y haciendo de la mentira su práctica cotidiana. Le dimos boleto hace muuuucho tiempo, pero él se empeñó en seguir pontificando y difamando si hacía falta, y de cuando en cuando aparecía de golpe en los telediarios, aunque cuando lo hacía yo cambiaba de inmediato el canal para que no se os atragantara el filete ruso del susto. No sé por dónde volará ahora, si le habrán acogido en alguna casa de aves cansinas o habrá pasado a mejor vida, envenenado con su bilis. Qué ánsar tan pesado era aquel, queridos míos.»

Mi marido no me toca

Dedos
Dedos

«Mi marido no me toca. Ni me roza siquiera. Al soso ése lo único que le apasiona es la electrónica, la informática y la domótica. Qué pirado. Sus dedos sólo se posan sobre las pantallas táctiles de los innumerables cacharros que se va comprando: primero un monitor de no sé cuántas pulgadas; luego un teléfono de última generación; a continuación una nevera con un plasma integrado; más tarde el condenado GPS para el coche, que no para de hablar… Sólo tiene ojos y dedos para sus paridas electrónicas, en las que se gasta un dineral, y a mí me tiene abandonada. Lo he pasado mal, pero últimamente estoy mejor. Se le averió uno de sus jodidos juguetes y vino a revisarlo a casa el técnico de la compañía. Él tontolculo de mi marido no estaba, y me pude deleitar con el mimo con que el especialista reparaba el aparato aquel. Las yemas de sus dedos empalmando cablecitos y soldando circuitos integrados, sus manos ágiles enroscando tuerquecillas. Me volvió loca. Desde aquella visita me dedico a provocar averías en los putos cacharros de mi por -poco tiempo- todavía esposo, para que el técnico tenga que volver una y otra vez.»