Caras A y B

Vinilo
Vinilo

En la vida nos vamos definiendo por lo que hacemos, y por lo que dejamos de hacer. Tenemos, como los vinilos de antes -ahora felizmente de moda de nuevo- cara A y cara B. En la A se va reflejando lo que hicimos, y los que nos queda por hacer antes de que se nos agote el tiempo y el contador llegue a su fin. En la B se almacenan decisiones que no tomamos: el novi@ que no tuvimos; el beso que no dimos a tiempo; la carrera que no nos atrevimos a hacer; el tren que dejamos pasar. Hay gentes incluso con cara C: seres terribles con muchas cosas que ocultar (aunque aquí viene al pelo una cita del escritor norteamericano Mark Twain: Every one is a moon: has a dark side which he never shows to anybody / Cada uno es una luna: tiene una cara oculta que nunca muestra a nadie). Poner en el giradiscos siempre la cara B, aunque no está mal recordarla a pequeñas dosis, conduce a la melancolía, que tiene su punto de amarga dulzura si no se abusa de ella. De la cara C de algunos de nuestros semejantes (o mejor, de nuestros repugnantes) mejor no hablar, porque se pueden reventar los altavoces. Así que me quedo con la cara A de la existencia: lo que nos queda por hacer, con un poco de arrojo y valentía; aún falta mucho tiempo para que la aguja llegue al final de los microsurcos del vinilo, si bien los surcos de la realidad ya se van marcando en nuestros rostros a estas alturas de la audición. ¡Carpe diem!

% y molde

Montaigne
Montaigne

Admiro estos cacharros electrónicos contemporáneos de bolsillo, que en unos pocos centímetros cuadrados reúnen capacidades para realizar mil cosas: hablar por teléfono, ver vídeos, hacer fotos, conocer las cotizaciones bursátiles, navegar por Internet, leer el correo… Aunque, al final, casi siempre acaba uno usando menos cosas de las que el aparato nos ofrece y se limita a emplear unas pocas. Suele pasar lo mismo con nuestra vida: traemos muchas posibilidades de serie en nuestro manual de instrucciones (aunque vengamos sin él cuando nacemos), pero a la postre empleamos sólo unas cuantas, un pequeño tanto por ciento. Y, además, lo que hacemos se guía casi siempre por el molde de lo que hemos venido haciendo desde siempre, por la tiránica fuerza de la costumbre que describía el pensador francés Michel de Montaigne allá por el siglo XVI: «Porque la costumbre es en verdad una maestra violenta y traidora. Establece en nosotros poco a poco, a hurtadillas, el pie de su autoridad; pero, por medio de este suave y humilde inicio, una vez asentada e implantada con la ayuda del tiempo, nos descubre luego un rostro furioso y tiránico, contra el cual no nos resta siquiera la libertad de alzar los ojos» (Los ensayos, según la edición de 1595 de Marie de Gournay, cap. XXII. Barcelona: Acantilado, 2007). Así pues, ahí quedan dos cuestiones para reflexionar: ¡Incrementa el tanto por ciento de ti mismo que usas! ¡Rompe los moldes y las costumbres! ¿Por qué no intentarlo? ¿Vamos a ser menos que un smartphone?

La piedra

¿Piedra sagrada?
¿Piedra sagrada?

«Sobre la piedra se fundó un credo, creo recordar, hace cieeeentos de aaaañossss. Después de unos decenios más austeros, la piedra hasta se envolvió en oropeles; a la piedra siempre le gustó el lujo. La piedra se fue recubriendo luego de moho y de grietas (en el desierto espiritual, con las temperaturas extremas, el agua del día se transforma en hielo por la noche y raja cualquier pedrusco por duro que sea; los cambios de temperatura difieren hasta en cuarenta grados; no hay piedra que resista tal violencia). Sobre la piedra se alzaron construcciones ideológicas y hasta teológicas; parecía tener vida propia y de vez en cuando supuraba humores corporales y otros fluidos que tenían una extraña querencia para depositarse sobre infantes/as. Y la pregunta final es: ¿no es curioso que, a fuer de buscar lo celestial, de ansiar la comunión con lo que (suponen los piedrólogos) hay arriba, la piedra acabara siendo tan abyectamente terrenal?»