Silencio, se rumian palabras

Biblioteca de Usera (Madrid)
Biblioteca de Usera

En esta vocinglera patria nuestra do los decibelios moran por sus respetos hay verdaderas competiciones por ver quién da la voz más alta. Está en la calle y en las viviendas, en los bares y en los negocios… Qué vocinglerío. Qué nivel de ruido. Dicen que sólo los japoneses nos superan en querencia por el decibelio. Pero en el espacio que compartimos hay remansos de silencio, de apacible silencio en medio del rutinario frenesí ruidoso español. Son las bibliotecas públicas, templos contemporáneos del saber erigidos con el esfuerzo de tod@s, en los que sólo se escucha el rumiar de las palabras, o de los pensamientos. El primer hombre o la primera mujer que apilaron una colección de libros fue un genio, o una genia. El segundo hombre, o la segunda mujer, que decidieron que esos libros no fueran sólo para su provecho, sino para el beneficio de todos sus congéneres, fue un filántropo. Desde entonces todos aleteamos alrededor de los volúmenes de una biblioteca pública como las polillas que se arremolinan en torno a una luz cegadora. Sin que apenas se escuche un susurro. Y, ojo, que este silencio bibliotecario es una rareza en la piel de toro, en donde ya hasta en los museos se pegan voces.

El Principito vs talibán

El Principito
El Principito

Cuando pienso en uno de los libros que más te pueden influir en la infancia, y en la no infancia, se me viene a la cabeza uno de forma inmediata: El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry, del que mi mujer me recordaba el otro día que tenemos que ir buscando una edición infantil para mi hija Estrella. Es una historia maravillosa, que sigue dando pie a historias tan maravillosas como la que en fechas recientes contaba el diario El País: «Los militares españoles desplegados en Afganistán jamás pensaron que harían algo parecido (…) No era peligroso, pero sí inusual: han estado repartiendo libros, ejemplares de El Principito de Antoine de Saint-Exupéry traducidos al dari, un dialecto del farsi hablado en ese país. No fue idea del Ministerio de Defensa, sino de una mujer llamada Fuencisla Gozalo, procuradora de profesión, que desde hace años colecciona ejemplares de esta obra en todos los idiomas (…) Buscando nuevas incorporaciones para su librería descubrió la triste historia de un traductor afgano llamado Ghulam Sakhi Ghairat, hoy director de la Escuela Diplomática de Kabul, que en 1977 hizo una pequeña edición del libro en dari (…) “El día de mi cumpleaños le pedí a mis amigos que, en lugar de hacerme un regalo, me ayudaran a financiar una edición de El Principito en dari para repartirlo entre las mujeres y los niños afganos”, cuenta Fuencisla (…) “Para repartirlos pensé que podía ayudarnos nuestro Ejército”, explica, “y le envié una carta a la ministra” (…) El Ministerio de Defensa le contestó que le parecía una excelente idea (…) Fuencisla no quiso perdérselo y viajó a Afganistán para ver con sus propios ojos a mujeres y niños paseando con su ejemplar. “Ningún niño había podido leer El Principito. Ahora sí. Podrán aprender los valores que enseña el libro: honestidad, lealtad, amistad. El traductor me dijo que lo más importante para garantizar la seguridad en el futuro, para que los niños no terminen en campos de entrenamiento talibanes, es la educación (…)» Los libros son una vacuna contra la intolerancia. Y las bibliotecas y librerías que los albergan, unas farmacias llenas de medicamentos contra las enfermedades del alma.