La patria de la lengua

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa

En la patria, o matria, de la lengua que mamamos cuando nacemos nos hallamos todos. Todos nos encontramos compartiendo palabras, significados y signficantes, envolviéndonos en la bandera de este español universal que es una de las lenguas más habladas del mundo y que este jueves recibió un nuevo premio Nobel en la figura del escritor Mario Vargas Llosa. Las palabras dan sentido a nuestro mundo y permiten nuestra convivencia, aunque haya gentes que las sigan usando como dardos. Los teclados escupen sílabas en español que inundan el globo (pero el castellano todavía no tiene en Internet una presencia acorde con su relevancia en el mundo), los críos comparten planetas literarios desde Madrid a Buenos Aires, desde Los Ángeles a Barcelona. Enhorabuena a Vargas Llosa; enhorabuena a tod@s. Este viernes no hay fronteras, ni banderas que valgan; las enseñas de todas las naciones que compartimos el español pierden sus colores y sus símbolos y se inundan de letras, vestidas de gala y tiros largos en este gran día de fiesta.

 

Yo, con McCarthy (Cormac)

The Road
The Road

Los autores norteamericanos son los grandes narradores por excelencia de nuestro mundo contemporáneo. A mí me gustan por ese pragmatismo tan anglosajón que se traduce en la desnudez y eficacia de su prosa, al grano, al fondo de la historia, sin artificios, escribiendo con sencillez, que es lo más difícil del mundo. Varios de ellos -Joyce Carol Oates, E.L. Doctorow o Cormac McCarthy– suenan para llevarse el gato al agua del Nobel de Literatura que se conocerá este jueves. También aparecen otros creadores de mundos literarios procedentes de Europa, África y Latinoamérica, así que hay quinielas para todos los gustos. El nombre de Cormac McCarthy, nacido en 1933, es uno de los favoritos. Su última novela, The Road (La Carretera), llevada con éxito al cine, me causó una honda impresión. La historia de un padre y un hijo que atraviesan territorios apocalípticos asolados por una catástrofe, y que siguen adelante por el amor que se tienen el uno al otro, antídoto contra la destrucción, me pareció una bella metáfora sobre el amor que profesamos a nuestros hijos, y lo mucho que hacemos por ellos para que crezcan libres y felices.

 

Tiempo de brevas

José Saramago
José Saramago

José Saramago se ha ido en tiempo de brevas, el primer fruto de la higuera, que llega a las plazas de abastos españolas a mediados de junio y sólo se prolonga unas pocas semanas, y que presagian ya los higos de final de verano, más pequeños y dulces, igual de apetitosos. El escritor portugués vivía en la isla de Lanzarote, que no es precisamente tierra de higueras, y de él siempre recuerdo una anécdota sobre árboles, real pero narrada con su maestría de fabulador como gran autor que era: su abuelo, cuando intuyó que le llegaba la hora de morir, se despidió con un abrazo de cada uno de los árboles que había en su huerto. Ese sentido de fraternidad universal que posiblemente heredó de su abuelo impregnó la obra del Nobel portugués. Sus libros, como los de tantos escritores y escritoras, se enraizan en la tierra y dan frutos como las brevas mediterráneas que picotean los gorriones, pajarillos que suelen reparar en las más dulces, antes de que su almíbar llegue a los anaqueles del mercado y a los estantes de nuestras librerías. Hasta siempre, maestro, desde este rincón de la balsa de piedra.