Puerta del Sol

Puerta del Sol
Puerta del Sol

Cuando uno sale del metro a esa hora en la que la ciudad lleva ya un rato desperezándose, aunque con sueño todavía y duermevela de fondo, el sol penetra bien directo desde el este. Ahora se entiende que la Puerta del Sol se llame así, del sol, por el lugar donde debió de haber una puerta que apuntaba en la dirección del astro naciente de cada mañana. Una puerta medieval en la cerca de la que era villa antes de ser corte, en unos tiempos en los que, más allá, solo habría, posiblemente, algún arrabal de míseras casuchas y campo, mucho e ignoto campo alrededor. Ahora sigue penetrando con fiereza ese sol cada mañana. Es lo único que no ha debido de cambiar bajo sus rayos. Luz que pugna por abrirse paso entre el caserío desperdigado y variopinto que es este Madrid. Luz ardiente que se encarrila entre el surco de los edificios. Sol que calienta y deslumbra a los turistas que, tan temprano, ya pululan por esta parte de la ciudad. Y sol que acompaña, también, a los suministradores de mercancías varias de los establecimientos que jalonan la carrera de San Jerónimo. Así es el despertar en esta parte de mi ciudad.

Otra vez no, por dios

Ya están aquí....
Ya están aquí….

En la noche oscura en que nos sumió la crisis de hasta anteayer todo se pobló de grúas de construcción, de ladrillo y de ríos de dinero barato que nos ahogaron hasta la agonía. De aquella larga noche apenas si acabamos de despertar después de una cruenta factura de recortes, sacrificios y malestar. Y hoy, apenas pasados unos insignificantes años desde el erial en que se convirtió la economía, vuelven a verse, poco a poco, grúas campando a sus anchas, mientras que los bancos empiezan a aflojar el grifo del crédito con ofertas de toda clase. El precio de la vivienda se encarece sin control alguno y los alquileres empiezan a subir otra vez hasta cotas indecentes. ¿Es que no aprendemos nada en este país? Todo indica que estamos abocados a un segundo ladrillazo y que, cuando se pase la borrachera, los cascotes volverán a caer sobre las cabezas de los que menos tienen si nadie lo remedia. Los poderes públicos deberían velar porque la codicia que anida en el interior del ser humano no vuelva a llevarnos a una noche de pesadilla. Otra vez no, por dios.

La capucha

Capucha
Capucha

Vuelven las prendas de abrigo a la calle, y las capuchas con ellas. Pero no son muchos los vecinos que se las echan a las cabezas en estas mañanas más bien gélidas ya en la capital tras el verano eterno que hemos vivido este año. Aunque no llueva, siempre es útil la capucha para guarecerse del frío que congela las orejillas y produce sabañones. Si no la usas, ¿para qué la quieres? Pero el ejemplo que yo doy cuando bien me embozo no cunde. La mayor parte de la basca lleva la capucha echada sobre los hombros, haciendo un extraño amasijo de tela sobre el que malamente colocan la mochila o la tira del bolso en bandolera. ¡Úsenla, hombres, mujeres! Úsenla, o elimínenla de la prenda de abrigo, que será menos prenda de abrigo sin ella. La capucha es como el cerebro: tenemos un gran potencial, pero solo usamos una pequeña parte, dicen los especialistas. ¿Y a qué se deberá esa reticencia a utilizarla? ¿Tal vez a ese pudor y miedo al ridículo tan nuestro, tan grabado en el ADN patrio desde los tiempos de las pinturas rupestres de Altamira o más allá? Ponte la capucha, protégete la cabecita y, de paso, procura que tus ideas tengan el suficiente calorcito como para eclosionar y hasta florecer. ¡Usa tu potencial!