Paradoja del merengue

Merengue
Merengue

El parte: casi todo sigue nevado. Resulta que estos días hay alguien por ahí arriba, en los espacios estratosféricos (¿?) sobre la vertical de nuestra dulce patria, que no para de montar claras a punto de nieve, produciendo un merengue colosal que derrama a continuación sobre todos los rincones de España, para satisfacción de niños y niñas, esquiadores y aficionados a la fotografía. Qué paradójico: ¿sabían que uno de los trucos para que el merengue no baje y crezca firme es añadirle un pellizco de sal? Ya ven, en repostería lo salado se une a lo dulce para que el merengue no desaparezca. Y en cambio aquí abajo, en las calles de nuestras ciudades, los operarios no cesan de esparcir sal para evitar que la nieve, o el merengue éste celestial, se agarre al pavimento. Una pregunta final: en el Reino Unido, con la que les está cayendo, ¿habrán llegado a recurrir a los almacenes de la ilustre sal Maldon para evitar el merengue on the road? Qué raro es todo.

Microsurcos encantadores

Vinilos
Vinilos

A cuenta del follón éste de las descargas en Internet, me viene a la memoria lo laborioso que era antes adquirir -tampoco hace tanto- productos culturales contemporáneos. Aunque tenía su encanto. De adolescente, procuraba uno ahorrar unas pesetillas para luego ir a buscar -en mi caso en la línea 35 de la EMT que unía Carabanchel Alto con el centro de Madrid- los preciados vinilos a cadenas ya desaparecidas (Discoplay, Madrid Rock…). Años más tarde se acabaron los vinilos, para disgusto de sus defensores, y tuvimos que acostumbrarnos a los cedeses, que nunca tuvieron el encanto de los negros microsurcos. Ahora, caprichos del tiempo, el vinilo vuelve a estar de moda, y curiosamente de la mano de alguna gran distribuidora que en su momento los apartó de sus estantes sin más miramientos, en aras de la modernidad. Vuelta de vinilos al margen, el futuro de la música lleva ya un tiempo entre nosotros: la compra (sí, yo defiendo la compra, mediante sus diferentes modalidades) en Internet,  a un solo clic. No tiene tanto encanto, pero te ahorra tiempo, qué demonios.

Cuento de invierno

Fideos de colores
Fideos de colores

Ahora que él ya no está, los recuerdos de los buenos momentos pasados juntos se agolpan en la mente de ella en esta tarde de invierno. De cuando era cría, hace tantos años, e iba a su casa, la casa del abuelo, que le preparaba chocolate con picatostes, y se ponía la cara y el vestido perdidos. De cuando en primavera se quedaba a comer, y el abuelo le hacía de postre unas fresas con nata que decoraba con fideos dulces de colores; aquellos fideos de colores que crujían al masticarlos. Y de aquella vez que los Reyes Magos le dejaron una bici, la primera bicicleta que tuvo, en su casa. Y el abuelo, que vivía en un barrio de una gran ciudad lleno de coches y sin parques cerca, ni corto ni perezoso, se la llevó con su flamante bici para que fuera aprendiendo ¡a un larguísimo pasillo de la estación del metro que les quedaba más cerca de casa! Ella todavía se ríe cuando se acuerda de la la cara de sorpresa que pusieron los agentes de seguridad de la estación, alarmados porque un abuelo y su nieta hubieran convertido aquel anodino pasillo en la etapa final del tour de su infancia.