Desencanto invernal

JJ Cale
JJ Cale

«Querida doctora. Me golpea la desazón de la mitad del invierno: no se inquiete; suele pasarme todos los años. Pienso que todo es una farsa, un teatrillo, una ficción. Vivo en una casa que ya no vale lo que pagué por ella. Estaba sobrevalorada, como tantas, y la burbuja me ha estallado en la cara. ¡Viva el ladrillo y vivan todos los adoradores del ladrillo que son legión en esta piel de toro! Hago un trabajo por el que no me pagan lo que creo que deberían pagarme. Vivo en una sociedad en la que medran las gentes sin escrúpulos y se valora a los pelotas y a los mediocres en todos los sentidos. Me horripila este Occidente que hizo oídos sordos y se dio grandes abrazos con los sátrapas de la otra orilla del Mediterráneo, y que ahora se apresura a condenar a esos mismos sátrapas y a alabar las revoluciones populares.  Me miro al espejo, doctora, y lla no xé kién xoy. Please, help me.»

Tiempo de brevas

José Saramago
José Saramago

José Saramago se ha ido en tiempo de brevas, el primer fruto de la higuera, que llega a las plazas de abastos españolas a mediados de junio y sólo se prolonga unas pocas semanas, y que presagian ya los higos de final de verano, más pequeños y dulces, igual de apetitosos. El escritor portugués vivía en la isla de Lanzarote, que no es precisamente tierra de higueras, y de él siempre recuerdo una anécdota sobre árboles, real pero narrada con su maestría de fabulador como gran autor que era: su abuelo, cuando intuyó que le llegaba la hora de morir, se despidió con un abrazo de cada uno de los árboles que había en su huerto. Ese sentido de fraternidad universal que posiblemente heredó de su abuelo impregnó la obra del Nobel portugués. Sus libros, como los de tantos escritores y escritoras, se enraizan en la tierra y dan frutos como las brevas mediterráneas que picotean los gorriones, pajarillos que suelen reparar en las más dulces, antes de que su almíbar llegue a los anaqueles del mercado y a los estantes de nuestras librerías. Hasta siempre, maestro, desde este rincón de la balsa de piedra.

El mono creador

La Solitude
La Solitude

Como un gorila encaramado en un sillón que mira circunspecto a su entorno (La solitude organisative) parece verse el pintor Miquel Barceló, al que el todavía flamante CaixaForum de Madrid dedica hasta el 13 de junio una exposición antológica que reúne 180 obras creadas por el artista mallorquín entre 1983 y 2009. El cosmos de Barceló eclosiona a modo de cuadros, pero también de cerámicas, de esculturas, de cuadernos de viaje. Estalla literalmente en esos cuadros con relieve que hechizan al espectador con sus formas de frutas, animales, comidas… Un complejo bestiario en el que el ser humano es una especie más -y no la más importante- entre pulpos, peces, siluetas de cuadrúpedos, la vastedad del desierto, la incógnita del sexo y la misteriosa inmensidad del mar. La mezcla del Mediterráneo y África se agita en su obra y literalmente te atrapa, como un gorila creador que se fija en su entorno, lo procesa, lo transforma y lo lanza hacia el resto de sus congéneres. Si van con niñ@s, la muestra se completa con unos talleres plásticos anexos para que los pequeños recreen lo que acaban de ver. No se la pierdan, y no mientan: acabarían como el pinocho muerto que se exhibe en una de las salas, una escultura de cráneo con una nariz enhiesta.