Los peores fantasmas son nuestros miedos

The haunting of Hill House
The haunting of Hill House

Los peores fantasmas son nuestros miedos. Nuestro peor enemigo es el enemigo que llevamos dentro. El amor es nuestra tabla de salvación y lo único por lo que merece la pena vivir. 

De todo esto habla, en mi modesta opinión, una maravillosa serie de ficción que se puede ver en la plataforma de vídeo Netflix, La maldición de Hill House. No tengo duda alguna de que es una de las mejores series que he visto. La trama de este drama gira alrededor de las complejas relaciones que se mantienen en una familia (¿hay alguna familia en la que no haya alguna que otra compleja relación?), alrededor del hechizo de una casa que ha trastornado sus vidas para siempre.

Los actores son soberbios; la caracterización, extraordinaria; la puesta en escena, impregnada de una perfecta dramaturgia; la música, el guion… Todo es redondo en esta serie, con momentos para reír, llorar y estremecerse. Estremecerse, unos cuantos momentos (mejor no ver la serie de noche y a solas, que la oscuridad da sustito después de tragarse un capítulo).

La maldición de Hill House es de terror, pero llevadero. Lo suficiente para tenerte en tensión e ir descubriendo el misterio. Yo las series de terror por terror no las soporto; esta es de terror, sí, pero un poco solo. Soportable hasta para  los miedicas como un servidor.

Y el final es tan redondo… No lo cuento para no hacer spoiler, como se dice ahora. Pero en el desenlace todo cobra sentido y la conclusión te reconcilia con todos los personajes de una serie vitalista, porque, en contra de lo que pudiera parecer cuando uno comienza a verla, infunde vida, porque anima a vivir y a dejarse hechizar, o a encantar. Y a amar.

 

Quitanieves

Quitanieves
Quitanieves

En estos días en los que se hace sentir el invierno con toda su fuerza y crudeza me gusta quedarme en casa viendo consumirse el fuego de la hoguera, que nunca se apaga porque leña tengo de sobra. Aquí arriba, en la montaña, tan lejos de la urbe. No quiero poner la calefacción eléctrica, que consume una barbaridad y luego llegan unos recibos de aúpa, de los que te tienes que pellizcar para poder creértelos y que dejan la cuenta tiritando en plena cuesta de enero. Me embuto en varias capas de ropa, me sumerjo bajo las mantas (las dos que tengo) en el sofá y me engancho a las series de una plataforma en streaming cuyo nombre no pongo para no hacerle publicidad gratis. Mucho rollo lo de vivir en el campo y qué bucólico y pastoril todo, pero sin Netflix ya no puedo vivir (¡anda, lo he escrito al final!). La tele actúa como quitanieves en estas largas horas muertas cubiertas primero de rocío, de nieve después y de hielo cuando caiga la noche. No hay mucho más que hacer, ni tampoco es que yo quiera hacer mucho más.