Quitanieves

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Quitanieves

En estos días en los que se hace sentir el invierno con toda su fuerza y crudeza me gusta quedarme en casa viendo consumirse el fuego de la hoguera, que nunca se apaga porque leña tengo de sobra. Aquí arriba, en la montaña, tan lejos de la urbe. No quiero poner la calefacción eléctrica, que consume una barbaridad y luego llegan unos recibos de aúpa, de los que te tienes que pellizcar para poder creértelos y que dejan la cuenta tiritando en plena cuesta de enero. Me embuto en varias capas de ropa, me sumerjo bajo las mantas (las dos que tengo) en el sofá y me engancho a las series de una plataforma en streaming cuyo nombre no pongo para no hacerle publicidad gratis. Mucho rollo lo de vivir en el campo y qué bucólico y pastoril todo, pero sin Netflix ya no puedo vivir (¡anda, lo he escrito al final!). La tele actúa como quitanieves en estas largas horas muertas cubiertas primero de rocío, de nieve después y de hielo cuando caiga la noche. No hay mucho más que hacer, ni tampoco es que yo quiera hacer mucho más.

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