Le sale extraordinario

El bosque es grande y profundo
Portada del libro

En uno de los mercadillos que frecuento acaban de estrenar charcutería. Compré el otro día varios productos (queso, sobrasada,,,) y a cada pedido que le hice, el tendero me contestaba con la misma apostilla, con el mismo comentario: “Le sale extraordinario”. Ocurre a veces cuando vas a la librería, y aciertas en ocasiones, y en otras no, con libros que resultan ser de tu gusto, y a veces fallas, claro. Pero acabo justo de leer de un tirón una novela de un querido y viejo (lo de viejo es un decir, que Darriba es aún joven) compañero de faenas, el lucense Manuel Darriba, El bosque es grande y profundo (Caballo de Troya, 2013), y aquí sí que tengo que contestar como el tendero de la primera frase: “Le sale extraordinario”. El libro de mi querido Darriba ahonda en la condición humana de seres inocentes abocados a una guerra cruenta, en una situación extrema de un apocalipsis apenas descrito pero presente en todas partes de su estupenda obra, y que solo cuentan con lo más preciado que tiene el ser humano: su dignidad; la dignidad que simbolizan los dos hermanos protagonistas de esta obra que tiene mucho de cuento -no en vano se llaman Hansel y Gretel- y que encarnan a tantos seres que a estas alturas de la historia, en tantas partes del mundo, se ven sometidos a situaciones límite que seguro que jamás imaginaron tener que vivir, ni en sus peores pesadillas. Enhorabuena, Manuel, y gracias por internarnos en ese bosque maravilloso de tus letras.

Norma Jeane, tan sola

Blonde
Blonde

Norma Jeane Mortenson (o Baker), su verdadero nombre, para sus íntimos; la icónica Marilyn Monroe, su nombre artístico, clave en la cultura popular y el imaginario colectivo de la segunda mitad del siglo pasado. Murió sin afeites, sin maquillaje, este 2012 hace cincuenta años, y posiblemente, quién sabe, nunca encontró ese yo interior que se afanó toda su vida por buscar, esa identidad propia sepultada bajo kilos de maquillaje e impostura, bajo el acoso de multitudes de admiradores y de acosadores. Marilyn, tan sola, como magistralmente la describe la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en su novela Blonde, un tocho de mil páginas que se lee de un tirón por lo que tiene de buceo en el complejo yo interior de la actriz, y que deja un sabor de boca tan triste por la vida desdichada que llevó Marilyn, que murió (o la murieron; esto nunca quedó claro) con solo 36 años, dejando imágenes tan perdurables en el imaginario colectivo. La persona “mitificada por millones de desconocidos, mientras la mujer de carne y hueso vomitaba por la taza del retrete”, escribe Oates, convencida de que “el camino de la vida es ser algo más que nosotros mismos, ¿no?”, que anhelaba querer y ser querida de una forma que, al final, no pareció encontrar. De Marilyn a mí me gusta la mujer que latía debajo de todo el maquillaje, la persona doliente y sufriente que recuerdo haber visto en una foto de periódico hace más de veinte años, el rostro de una belleza serena y sin artificios. El semblante de Norma Jeane, que quedó bien retratado no en sus grandes producciones hollywoodienses, sino en su última película, Vidas rebeldes, un filme crepuscular sobre la recta final de un conjunto de perdedores tristes y solitarios, que ansiaban la libertad y la vida a pesar de la pena, buscando, como acaba la película, el rastro de la Estrella Polar. Marilyn murió al año siguiente de concluir el rodaje de Vidas Rebeldes, y su estrella, cincuenta años más tarde, no se ha consumido. El mejor homenaje que se le puede hacer es seguir buscando ese yo interior, buscándonos también cada uno nuestro yo interior, sepultado tan a menudo entre las toneladas de afeites y oculto por los temores e inseguridades con los que cada cual nos desayunamos todas las mañanas. Esa desesperación de que nos amen por lo que verdadaremente somos, y de amarnos también a nosotros mismos. Todos hemos conocido a Marilyn, pero no a Norma Jeane.

Casement, ansia de libertad

Roger Casement
Roger Casement

La historia de Roger Casement que describe Mario Vargas Llosa en su última novela, El sueño del celta (Alfaguara, 2010), es el relato del ansia de libertad que debería impulsar a todo ser humano. Casement (Sandycove, Irlanda, 1864 – Londres, UK, 1916) llevó una vida intensa y poliédrica. Como cónsul británico, se hizo famoso por la valentía de los informes que escribió para denunciar la barbarie occidental en la salvaje explotación de los nativos del Congo y del Putumayo (Perú). Fue uno de los europeos pioneros en denunciar la maldad del colonialismo y en reivindicar los derechos humanos de cualquier persona. Ese afán de denuncia le llevó a militar activamente en la causa del nacionalismo irlandés, hasta el punto de buscar el apoyo de Alemania para los independentistas del Eire. Esto último fue lo que le condujo a la justicia británcia, que le mandó ejecutar y le convirtió así en un héroe para los revolucionarios irlandeses. Casement conoció lo peor y lo mejor del alma humana, y él mismo sufrió intensamente, como revela esta gran novela de Vargas Llosa, por su condición homosexual. Casement murió por liberar a los demás y posiblemente él nunca se liberó a sí mismo. Como escribe el Nobel peruano, “un héroe y un mártir no es un prototipo abstracto ni un dechado de perfecciones sino un ser humano, hecho de contradicciones y contrastes, debilidades y grandezas (…)”. Fue un hombre valiente y arrojado, y atormentado también, que pretendía serrar los barrotes que veía en otras vidas y que acabaron con la suya propia.