La jodimos

Panes y levaduras
Panes y levaduras

La jodimos, tronca: se nos pasó el arroz para ser influencers de la vida. Parece ser que ganan un cojón de mico, hasta seis mil pavos mensuales, por grabarse sus ocurrencias en este mundo de tiranía de lo audiovisual. Los tales influencers de todo dan consejos y acerca de todo pontifican. Yo apenas sé de nada, así que mal influencer podría ser. Bueno, va, entiendo algo de masas, alguna herencia genética de un abuelo panadero que se me enredó en los ade-ene-s. Hago pan, roscones y polvorones y cosas así: molan.

Es curioso cómo se va relacionando todo, porque la política española se está llenando de muchas masas levadas, sometidas a mil levaduras y polvos gasificantes, así que ahí puede haber nicho de negocio, ¿no te parece? Mucha levadura en materias en las que debería haber mucha masa, reposo, consenso y sosiego; lástima no aprender de las lecciones de nuestra historia en este desmemoriado país.

En los estantes de las panaderías de la derecha están apareciendo nuevos productos que condensan su “programa” en unas pocas frases gruesas más pensadas para poner tuits y captar adeptos rápidamente, que para debatir a fondo y aportar miga y consistencia al sentido común de los mortales. Son los riesgos de las redes sociales y los memes, que alimentan monstruitos. “Dicen lo que pensamos todos”, escuché a alguien recientemente, al respecto de la flamante fuerza de derecha ultra. Que es tanto como decir: “Nos regalan los oídos con lo que queremos escuchar” o “nos dan el pan que queremos comer”. Y ande yo caliente, y ríase la gente, ya tú sabes.

Pues ojo. Porque lo que sí que es de todos sabido es que comer pan caliente causa trastornos digestivos, así que ándense con cuidado para ver cómo organizan su menú. La cagalera puede ser de aúpa. Y otros, mientras tanto, nos lamentaremos de no haber elegido ser influencer, o panadero, de mayor, y ya será tarde.

De hoteles y panes

Un pan casero
Un pan casero

Antaño, porque parece ser que esto cada vez es una práctica más de antaño, la hora de entrada en los hoteles patrios estaba fijada a las doce del mediodía. Ahora, cada vez más, cuando uno llega al establecimiento que le va a acoger, suele suceder que la hora de entrada se demora en ocasiones hasta las dos de la tarde, para sorpresa del cliente. Así ocurre, con una frecuencia creciente. Y se aplica con toda normalidad y naturalidad. Ignoro qué sustento legal, si lo tiene, está tras este cambio de horario. Uno sigue pagando por el alquiler de una habitación 24 horas, no 23. En ausencia de una norma, parece claro que se está imponiendo el retraso de la hora por la fuerza de la costumbre.

Antaño comíamos pan rico, de calidad. De ese que uno, cuando era pequeño e iba a buscarlo a la panadería de la vuelta de la esquina, no podía resistir pellizcar antes de llegar a casa, con la consiguiente reprimenda, siempre cariñosa, de la madre. Hogaño el pan es cada vez más tremebundo. Barras congeladas producidas a escala industrial y horneadas de prisa y corriendo en los supermercados. Y nos lo venden como pan artesanal. De traca. ¿En otros países ocurrirá lo que aquí está ocurriendo? Solución: pan casero.

¿Relación entre panes y hoteles? Ninguna en apariencia. Todas en el fondo. Los hoteles deberían estar hechos de miga esponjosa, en cuyos tiernos recovecos uno pudiera entrar a la hora que quisiera para dormir sin parar imaginando dulces sueños con aroma de infancia.

La barra de pan

Panes
Panes

No puedo salir a la calle sin desayunar, porque siento que me falta algo. El desayuno es la comida más importante del día, así que no puedo entender a la gente que amanece, salta de la cama, da un trago de agua al grifo y sale a la calle a encarar la jornada, sin más ni más. Sí, yo no puedo salir a la calle sin haber escuchado antes en mi casa las radios, visto alguna tele y sin comprarme el periódico, mi periódico, de camino a la boca del Metro que me engulle día a día para llevarme al trabajo. Desde hace muchos años viene siendo así, en los diferentes lugares en los que he trabajado hasta el momento. Al menú matinal se une también desde hace menos tiempo el repaso a algún medio digital. Hace muchos años ya, sí: creo que desde que tengo 18 años compro a diario mi periódico (he dejado una pasta a la empresa editora si echo cuentas). Sin estos nutrientes informativos matinales no me oriento bien en el mundo. Ya dice mi mujer que en esta casa el periódico es como la barra de pan.

PD: A la barra de pan tradicional de Madrid se le llama pistola, una denominación que no se emplea en otras partes de España. El caso es que hay periódicos que escupen balas. Y empresas editoras-panificadoras que juegan con fuego.