De hoteles y panes

Un pan casero
Un pan casero

Antaño, porque parece ser que esto cada vez es una práctica más de antaño, la hora de entrada en los hoteles patrios estaba fijada a las doce del mediodía. Ahora, cada vez más, cuando uno llega al establecimiento que le va a acoger, suele suceder que la hora de entrada se demora en ocasiones hasta las dos de la tarde, para sorpresa del cliente. Así ocurre, con una frecuencia creciente. Y se aplica con toda normalidad y naturalidad. Ignoro qué sustento legal, si lo tiene, está tras este cambio de horario. Uno sigue pagando por el alquiler de una habitación 24 horas, no 23. En ausencia de una norma, parece claro que se está imponiendo el retraso de la hora por la fuerza de la costumbre.

Antaño comíamos pan rico, de calidad. De ese que uno, cuando era pequeño e iba a buscarlo a la panadería de la vuelta de la esquina, no podía resistir pellizcar antes de llegar a casa, con la consiguiente reprimenda, siempre cariñosa, de la madre. Hogaño el pan es cada vez más tremebundo. Barras congeladas producidas a escala industrial y horneadas de prisa y corriendo en los supermercados. Y nos lo venden como pan artesanal. De traca. ¿En otros países ocurrirá lo que aquí está ocurriendo? Solución: pan casero.

¿Relación entre panes y hoteles? Ninguna en apariencia. Todas en el fondo. Los hoteles deberían estar hechos de miga esponjosa, en cuyos tiernos recovecos uno pudiera entrar a la hora que quisiera para dormir sin parar imaginando dulces sueños con aroma de infancia.

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