Campaña de imagen

Pepino Franco
Pepino Franco

Habrá una campaña de defensa de la imagen del pepino y del resto de hortalizas de la piel de toro, injustamente vituperadas por Merkel & Co. Se trata de lavar ante la opinión pública la imagen de la huerta hispana, en cuya historia, ¡ay!, no siempre ha habido pepinos sin bacterias. Hubo un pepino muy venenoso, apellidado Franco, que amargó el sabor de boca de muchos compatriotas durante cuarenta años de una ensalada interminable y muy estomagante. Y sobre la figura de ese tal Pepino Franco llevamos -unos sufriendo, otros disfrutando- una larga campaña de imagen, larguísima, que se comprueba con solo echar un vistazo a los numerosos tomos revisionistas sobre aquellos tenebrosos años que se pueden encontrar en cualquier librería y que han tenido su corolario en un magno diccionario pagado con fondos públicos. Que si aquello no era una dictadura, sino un régimen autoritario, bla, bla, bla. Lo preocupante es que esta infección haya penetrado en una institución a la que se le presume tanta seriedad como la Real Academia de la Historia, que por cierto está en la madrileña calle de las Huertas. Huertas de pepinos, se entiende.

Preguntas de país

Toro de Osborne
Toro de Osborne

Me han hecho en varias ocasiones encuestas por teléfono. En varias ocasiones. Sobre hábitos de consumo. Acerca de cuestiones profesionales. Creo que nunca me he sometido a un sondeo político. Tampoco me ha tocado hasta ahora responder a algunas hipotéticas preguntas dentro de un nada hipotético estudio demoscópico que podría denominarse Corruptelas cotidianas: usos y costumbres en la piel de toro: ¿Cuántas veces en España, a la hora de ir a encargar alguna reparación, le han preguntado si quería la factura con IVA o sin IVA?, ¿cuántas veces le han planteado, cuando ha querido comprar un piso de segunda mano, que tendría que pagar un tanto del importe en dinero negro?, ¿cuántas veces, cuando le han ofrecido un trabajo, le han planteado que una parte del sueldo se completa con un sobrecito en B?, ¿cuánta gente conoce que considera que pagar de impuestos es de idiotas?, ¿a cuánta gente conoce que trabaja en la economía sumergida en este país? Y unas penúltimas cuestiones: ¿Cuánta gente plantea las anteriores cuestiones en España sin que se les caiga la cara de vergüenza? y ¿cuánta gente asume esas situaciones con toda naturalidad, sin irse de inmediato a poner una denuncia en el juzgado de guardia o en la comisaría más cercanos? Una última cuestión:¿Existirán estas corruptelas cotidianas en países con una educación cívica avanzada, como los estados nórdicos?

El blues de la piel de toro

Camarón
Camarón

Me caen muy bien los asturian@s. Son gentes nobles, llanas, trabajadoras, sencillas; buena gente. Es curioso, porque hay una cosa con la que muchos de ellos que conozco pierden su natural templanza. Sucede cuando les mientas la bicha de una empresa de bus que enlaza el Principado con otros puntos de la piel de toro; la voy a llamar La Compañía, no vaya a ser que de lo contrario atraiga el gafe o la mencionada compañía me mande correos con virus emponzoñados. Me pasó el pasado sábado. Tras una misión laboral concluida por la mañana, en Oviedo, tenía que regresar al Foro, pero no había combinaciones adecuadas de tren o avión. Alquilar un coche no me apetecía, porque ya estoy cansado de la brega laboral a estas alturas del año (y lo que te rondaré morena para lo que queda), así que opté por La Compañía. Y varios queridos compañer@s asturianos intentaron disuadirme, con cariño: “Estás loco; no sabes lo que haces; ¿pero cómo vas a hacer ese viaje bizarro…”. Pero seguí adelante con el plan. Total, si La Compañía y yo somos viejos conocidos de una larguísima estancia laboral mía en Galicia, años ha, en la que tenía el cuasi monopolio del transporte Lugo-Madrid-Lugo. Yo también acabé harto de La Compañía en aquel entonces, pero llevaba ¿doce años? sin subirme en uno de sus buses, y hasta me hacía ilusión. Ahora los vehículos de La Compañía ya no están llenos de humo de tabaco; llevan wifi y un monitor que te va mostrando la ruta que te queda sobre un mapa, como en los vuelos de larga distancia. En el bus íbamos apenas una decena de viajeros, que fueron/fuimos buena parte del trayecto dormidos, quizá soñando. Barrunto que hasta el joven conductor, que iba bien despierto, soñaba con encontrarse con su también joven amor, que le telefoneó en plena ruta y que le estaba esperando a pie de andén cuando aparcamos en la estación de Méndez Álvaro. Bueno, este también fue un modesto vuelo a ras de tierra, elevándose apenas un palmo sobre la Meseta después de atravesar las montañas astures, con una sintonía de fondo que, aunque no sonara, me acompañó durante las horas de este viaje que me trajo recuerdos de tiempos pasados: La leyenda del tiempo, de Camarón. El flamenco, el blues de la piel de toro: “El sueño va sobre el tiempo / flotando como un velero”.