Encabronamiento perpetuo

Carmencita
Carmencita

Conozco a un tipo que vive en un país que está dividido en dos o tres partes; no lo sé; nunca se me dio bien la geografía a pesar de tener varios atlas por los estantes. Pero sé que hay pobladores de esta nación, en general muy esparcidos de los valles a las montañas, que viven en un permanente estado de cabreo; mejor dicho, en un encabronamiento perpetuo a cuenta de cualquier asunto, aunque tienen algunas fijaciones: las lenguas cooficiales, el serrrrompelanación, el terrorismo, el tabaco, la familia (tradicional), la crisis, el aborto, los condones, el PSOE, Zapatero, Rubalcaba, el precio de la leche o el número de hebras que vienen en el botecito de azafrán Carmencita. Lo que sea vale para alimentar su crispación, y venga y dale y dale y venga, al derecho y al revés, por detrás y por delante. ¿Hay problemas? Por supuesto. ¿Quiere usted arrimar el hombro para ver si salimos todos juntos en vez de quejarse tanto? Hombre, hasta ahí podíamos llegar. Cuanto peor, mejor. Y luego hay otra parte cansada de escuchar este encabronamiento permanente, que a los primeros les permite avanzar, qué duda cabe. Y luego hay otra parte… Y otra… Y otra… España es un Estado, claro, y también es un estado de ánimo.

Alarma, sitio, excepción

¡Alarma!
¡Alarma!

«Doctora, mi mente es un poco anglosajona. No tiene Constitución escrita como tal y se monta unos carajales considerables. El poder legislativo, que creo que reside en mi cerebro (mi hija solía decir «celebro», que no es mala idea) se pelea a veces con el poder ejecutivo (que por pudor no le digo dónde reside) y se enzarzan a hostias entre ellos. Del judicial no sabemos nada, porque siempre lo solía tener bastante arrastrado. Y así sucede que van declarando sobre mi cuerpo, progresivamente, el estado de alarma, el de sitio o el de excepción, sin solución de continuidad y en función de la realidad circundante. Viniendo a su consulta me he sentido atacado por esa maldita realidad y me he puesto yo mismamente en alarma; luego, al verla, tumbado en este diván, se me ha relajado todo el cuerpo y mi corazón late con fuerza. Doctora, ya sabe que con usted bajo la guardia y estaría dispuesto a dejarme asediar, sitiar o lo que hiciera falta, pero no quiero confundir lo personal y lo profesional. Y todo esto, por supuesto, sin controlador, porque en la torre de control que tengo sobre la cabeza están todos y todas locos y locas y como poseídos por una feroz de huelga de celo. Recéteme algo para poner un poco de orden. Qué confusión. El PP se alarma de que el Gobierno declare el estado de alarma, ¡pues menos mal que no me conoce a mí!»

¿Qué habría pasado si…? (2)

Halloween
Halloween

Desde la anterior entrega, en este fin de semana preñado de buñuelos de viento y huesos de santo, parece que Mariano Rajoy se ha animado a ir enseñando la patita de la agenda oculta que nos prepara si gana en 2012. Debe de ser cosa del azúcar de los dulces de Todos los Santos. En el diario El País el líder del PP avanzó, el domingo, que le gustaría hacer en España algo similar al plan de ajuste presentado por su colega conservador David Cameron en el Reino Unido, aparte de poner en entredicho el futuro de derechos civiles como el matrimonio homosexual y la ampliación del derecho al aborto. Este mismo martes vuelve a la carga y desvela que privatizará servicios públicos esenciales. Se va animando el líder del PP, pasito a pasito, a mostrar las hojas de sus planes. Quizá se acabe de calentar cuando se conozcan los resultados de las elecciones legislativas que se celebran hoy en Estados Unidos, con esos ultras del Tea Party a cuya vera cualquier disfraz de Halloween, por terrorífico que sea, parece una inocente broma de parvulitos. Anoche recibí un correo de la plataforma de Barack Obama en el que se me recuerda que, según los datos del censo, resido en Carolina del Norte y me pide que vote por la demócrata Elaine Marshall para el Senado. Se ve que tengo algún primo por allá (y cierto es que algo de familia norteamericana tengo). A ver qué puedo hacer. Qué miedo.