Añil, verde y blanco

Colores manchegos, en Almagro
Colores manchegos

Comencé el año en La Mancha. Recorriendo las llanuras manchegas, tan subyugantes, alternando del cereal al viñedo, del páramo aparente -pero lleno de vida- a los inmensos humedales de Las Tablas de Daimiel, que se asemejan a un espejismo, uno de los mayores espectáculos que se puede encontrar en el medio de la península. Un mar en el medio de Castilla. Son tierras aún hoy en día muy desconocidas para muchas gentes, que bien merecen muchas visitas. Sumergirse en su intenso cielo azul, que se ve reflejado en el añil que colorea muchas edificaciones rurales que salpican sus verdes campos. Reconfortar el cuerpo con sus platos tan sencillos y tan deliciosos, sus asadillos, pistos, duelos y quebrantos, migas, su vino, las berenjenas de Almagro, el queso manchego: sin duda, el mejor queso del mundo. Es la tierra de mi padre, manchego de Ciudad Real. Las mismas tierras que vieron pasar a don Quijote y a Sancho, protagonistas de una novela que, como siempre me recuerda mi mujer, no es sino la más hermosa historia de amistad entre dos almas tan dispares que se puede encontrar en la literatura universal. Conocer La Mancha es enamorarse de ella.

Tiempo de torrijas y descanso

Una torrija
Una torrija

Las rebanadas de buen pan se van empapando de leche azucarada, antes de pasar por huevo y sumergirse en el aceite de oliva caliente, ese elixir incomparable patrimonio de la cocina mediterránea. Vuelta y vuelta, evitando que se queden secas. Unos breves minutos de chisporroteo y salta la torrija de la sartén a la bandeja. Una vez tostadas, me gusta pintarlas con el almíbar que tengo preparado en un cacito y espolvorearlas de ¡más azúcar! y algo de canela. Ya va una buena remesa y no queda pan. Qué delicia. Me encantan las torrijas, y ahora es tiempo de ellas. Cuando se acabe esta fuente haré otra; ya dejaremos para más adelante la operación bikini; la lorza hay que cuidarla y engrasarla. Hasta a tres euros las venden en algunas pastelerías de Madrid; en esta fuente hay una pasta, pues.  Mientras me relamo de gusto con la que me acabo de zampar, imagino: ¿por qué no sustituir estos días las aburridas banderas de los edificios oficiales, que tenemos tan vistas, por grandes torrijas ondeantes, chorreando dulce? Los padres y madres alzarían a sus niños sobre sus hombros para coger un cacho de la bandera torrijera y dársela de comer a los pequeños; esa sí que sería una buena comunión con el ser de esta piel de toro, en la que tantos símbolos gastronómicos compartimos: pan, aceite, vino, queso… y torrijas de Semana Santa. Gracias de corazón a tod@s los que siguen este modesto bloc de notas (¡ya van casi 4.000 visitas!) y me animan con sus comentarios: buen descanso, si pueden, y hasta la vuelta. A quienes salgan, que vean paisajes que les ensanchen y endulcen el alma.