Una sociedad dual

ADN
ADN

Los recortes brutales en educación, sanidad y servicios públicos decretados por la mayoría absolutísima del PP no están animados por un espíritu reformista. No son el cambio, son el cambiazo. No son reformas del modelo existente, sino pasos hacia otro paradigma: responden a una ideología concreta, neoconservadora y muy de derechas, que mina el ya de por sí escaso sentido de lo colectivo que tenemos en este país y consagra el individualismo más atroz. Es el refrendo, desde el poder, al “que cada cual se saque las castañas del fuego” tan enraizado en nuestro ADN, a que cada cual se busque la vida y que el que tenga pocos recursos quede sumido de por vida en el agujero. Ese es el modelo de sociedad que promueve la derecha española, con decisiones tan atroces como retirar la tarjeta sanitaria a los inmigrantes sin papeles. Y si la única solución para salir de la crisis son estos tijeretazos tan feroces y el establecimiento de una sociedad dual en la que los ricos y poderosos van a ser todavía más ricos y poderosos, y los más desfavorecidos van a quedar todavía más hundidos en el fango sin una mano que desde lo público preserve los equilibrios y les eche un cable, a mí eso no me va. Que paren el tren, que me quiero bajar. Y si no lo paran, unámonos quienes pensamos distinto y hagámoslo parar y transitar por otras vías antes de que nos arrolle. Este domingo hay convocadas manifestaciones en varias ciudades de España contra los tijeretazos.

Vapor en la noche

Tren de vapor
Tren de vapor

«Faltan sólo unos escasos minutos para que ese tren que veo desde la única ventana de mi casa que da al mundo llegue a su destino. Suelta una gran cantidad de vapor, y una estela a su paso anima, en la distancia, esta sosa noche de principios del siglo XX. Hace mucho frío; las volutas de vapor se dibujan a su alrededor como algodón de azúcar, desparramando su haz blanquecino en la oscuridad. El tren funde su último carbón en su estirada final, penetrando en la estación de esta capital de provincias. Y en el tercer vagón, en el coche cama que está detrás del coche restaurante, una pareja hace el amor despacio, con una cadencia que intenta acompasarse a la marcha del tren, ajena a la propia entrada de la máquina en la estación, ignorantes de que han llegado a su destino. No les turba siquiera el alboroto de los pasajeros de los compartimentos vecinos que recogen apresurados su equipaje. De su amor quizá nueve meses más tarde nazca una criatura morena, tiznada de carbón en recuerdo de aquella apasionada noche que ahora es sólo un recuerdo vaporoso.»

Viva el tren

AVE
AVE

El uso del avión se ha convertido en una práctica cada vez más incómoda en casi todo el mundo. Estancias interminables en aeropuertos interminables antes de poder embarcar; colas, despelote y chequeos para pasar por el arco detector (para esto, que venga ya el escáner corporal); mala educación -para qué negarlo- de mucho personal; retrasos injustificados que dan al traste con todas las planificaciones; conflictos laborales abusivos por parte de quienes tienen la sarten por el mango (controladores, pilotos…); espacio diminuto entre los asientos de pasajeros (cualquier día encontrarán más lugares para embutir gente: ¿qué tal la bodega de carga? ¿o el espacio entre los alerones?) … El ansia de volar que ha perseguido al ser humano desde Ícaro nos ha salido cara. El viaje aéreo se transforma con frecuencia en una pesadilla que deja el cuerpo magullado, y uno cada vez ama más el tren y el AVE, tan pacífico y grato en comparación con su hermano alado.