Ferragosto

Lorenzo
Lorenzo

En Ferragosto los ritmos vitales caen bajo mínimos, como las bolsas de estos días. Cuesta levantarse y desperezarse, echar aftersun a la piel que el sol abrasó ayer entre canchales ribereños de parajes de montaña. Ha pasado la lluvia de Perseidas y, maldita sea, no he vuelto a ver ninguna por más que escudriñé los cielos, pero qué falta me hace verlas estando en compañía de mis dos estrellas preferidas, que cumplen años también alrededor del Ferragosto. La gran ciudad baja los latidos, acompasa su ritmo cardiaco al calor, aunque hayan desaparecido aquellos agostos de hace quince, veinte, veinticinco años, cuando Madrid a estas alturas de año se asemejaba a una ciudad golpeada por la bomba hache, vacía como una planta de un ministerio a las ocho de la tarde. Aquellos veranos con la ciudad desierta son historia; el foro ya no se vacía nunca del todo. Pero es Ferragosto, qué demonios, así que voy a dejarme poseer por el dolce far niente, que ya vendrá la marejada.

Frutos rojos

Cerezas
Cerezas

Felices los tiempos en los que las cosas sabían a cosas, sin tener que pagar un riñón por ello. Pollo que sabía a pollo. Ternera que sabía a ternera, tal cual. Qué maravilla. Frutas, sobre todo las frutas. Ahora compramos representaciones: deberían anunciarse así, «compre supuestas cerezas, supuestas sandías, supuestas ciruelas». Frutas deliciosas cuyo sabor llenaba la boca mientras se deshacían crujientes entre los dientes, refrescando el paladar en este tiempo de calor. Los frutos rojos que dejaron de saber a frutos rojos hace demasiado tiempo y que uno está deseando llevarse a la boca otra vez.

El equilibrio

Bicicleta
Bicicleta

Si tuviera un lienzo en blanco, proyectaría todas las imágenes en forma de diapositiva que han compuesto este verano de 2010 a punto de rematar. Desfilarían una detrás de otra las imágenes de los lugares que he visitado, los rostros de la gente amable que he conocido, el aspecto de los platos que he saboreado, las aguas de los mares que han bañado mi piel, los rayos de sol que me han tostado. Pero de todas las imágenes, para el disco duro de la posteridad, conservaría una de forma muy especial: la de mi hija Estrella montando en el patio de mi casa sobre su pequeña bicicleta sin ruedines, aprendiendo a guardar el equilibrio. Una lección clave que ella aprendió muy rápido: guardar el equilibrio, procurarlo al menos, sobre ese hilo invisible, tan inestable, que es la vida.