Abducido por el despertador

Wake up!
Wake up!

«Hay un momento del despertar que me aterra, doctora. Ocurre cuando uno está soñando todavía, y suena el despertador de afuera, el del otro lado de la vida, y el sonido del despertador irrumpe en el sueño y se incorpora a él como si fuera una alarma antiaérea. A mí me acaba de ocurrir, y por eso le escribo tan temprano: estaba soñando que iba a subrrogar la hipoteca de mi putopiso, y de repente sonaba el despertador a través de los altavoces del banco en los que quería hacer la dichosagestión. Y me aterra esta situación por un pavor irracional: ¿qué pasaría si, por una extraña atracción de la materia y de la perversión espaciotemporal de la física cuántica del cruce de los elementos, en ese momento del despertar fuera yo el abducido por la maquinaria infernal del despertador; esto es, si mi cuerpo se integrara en el despertador y se acoplara a sus endemoniados engranajes? Aunque, por otra parte, la vida es un complicado juego de engranajes, así que creo que nuestras articulaciones y tendones podrían adaptarse ferpectamente a la maquinaria del reloj. Doctora, me dirá usted que es complicado, pero en ese momento del despertar todos los sueños, y todas las pesadillas, son posibles.»

Ratas orientales

Ratas
Ratas

Los sátrapas orientales confunden su mundo con el mundo. Lo que distingue el crecimiento del ser humano es su capacidad para concebirse como un ente autónomo frente al entorno (The Magic Years, Selma H. Fraiberg): «Un perro no sabe que es un perro; un ratón no sabe que es un ratón; e incluso entre los primates superiores encontramos que los más avanzados chimpancés no saben que son un chimpancé (…) La cualidad fundamental de la inteligencia humana proviene de su conocimiento de un sí mismo que está separado y es distinto del mundo objetivo». Los sátrapas orientales son ratas que no han pasado de la fase del pensamiento mágico infantil que considera que sus acciones y pensamientos son la causa de todas las cosas. Son patéticos absolutistas disfrazados de Carnaval de manera permanente. Y lo peor es que se pensaron que podrían someter eternamente al pueblo con sus chiquilladas (y casi lo consiguieron; el dictador de Libia durante cuarenta años). Y lo peor es también el papel de un Occidente que les ha reído las gracias durante muchos años, muchos, casi los que median entre el reparto colonial de estos territorios en el siglo XIX y principios del XX hasta ahora, cuando las cosas parecen estar cambiando. Es hora de que los países del otro lado del Mediterráneo avancen hacia sociedades adultas que sustenten democracias avanzadas de una vez, en beneficio de todo el mundo. Y que las ratas orientales se escondan con sus disfraces carnavalescos en las cloacas de las que nunca debieron salir.

Liberticida I

Stop
Stop

«Agente, soy el mismo que vino a verle ayer. Me declaro liberticida, según los sesudos análisis de prestigiosos comentaristas de nuestras radios cavernarias. Sueño con ser Liberticida I. No solo estoy de acuerdo con bajar la velocidad de los carromatos que recorren las autovías, como ha acordado nuestro Gobierno, sino que voy más allá. Soy partidario de restringir de forma radical la circulación en el centro de las ciudades, porque nos están envenenando y no me gusta mascar humo, y mucho menos que lo masquen los pulmones de nuestros niños y de nuestros mayores. ¡La ciudad, para los ciudadan@s! ¡Deténgame, agente! Tengo ganas de salir corriendo, aunque quizá usted corra más que yo porque sus piernas seguro que son más fuertes que las mías. ¡Apréseme!»