Frutos rojos

Cerezas
Cerezas

Felices los tiempos en los que las cosas sabían a cosas, sin tener que pagar un riñón por ello. Pollo que sabía a pollo. Ternera que sabía a ternera, tal cual. Qué maravilla. Frutas, sobre todo las frutas. Ahora compramos representaciones: deberían anunciarse así, «compre supuestas cerezas, supuestas sandías, supuestas ciruelas». Frutas deliciosas cuyo sabor llenaba la boca mientras se deshacían crujientes entre los dientes, refrescando el paladar en este tiempo de calor. Los frutos rojos que dejaron de saber a frutos rojos hace demasiado tiempo y que uno está deseando llevarse a la boca otra vez.

Un fragmento

Paul Auster
Paul Auster

Un fragmento de una novela de Paul Auster que estoy leyendo estos días, The Book of Illusions, que creo que se ajusta muy bien al padecimiento que están atravesando muchas personas en estos tiempos inciertos de crisis global: «He is still there before our eyes, but the other characters in the film are blind to his presence. He jumps up and down, he flaps his arms, he takes off his clothes on a crowded street corner, but no one notices. When he shouts in people’s faces, his voice goes unheard. He is a specter made of flesh and blood, a man who is no longer a man. He still lives in the world, and yet the world has no room for him anymore. He has been murdered, but no one has had the courtesy or the thoughtfulness to kill him. He has simply been erased.» // «Él está todavía allí, ante nuestros propios ojos, pero otros personajes en la película son ciegos ante su presencia. Salta arriba y abajo, bate sus brazos, se quita la ropa en una esquina llena de gente, pero nadie se da cuenta. Cuando grita a la cara de la gente, nadie le oye. Es un espectro hecho de carne y sangre, un hombre que jamás volverá a ser un hombre. Todavía vive en el mundo, pero el mundo no tiene sitio para él. Él ha sido asesinado, pero nadie ha tenido la cortesía o la prudencia de matarlo. Él, sencillamente, ha sido borrado.»

Testigos

Jorge Semprún
Jorge Semprún

Todo hombre, toda mujer, es un testigo de su tiempo, una memoria de lo que ha vivido para los que vendrán detrás. Cuando uno va llegando a una edad, comienza a notar de manera más especial la marcha de los predecesores. En algunos casos, los padres, los tíos, los seres que te han acompañado en tu camino vital. En otro, las personas que han construido este ser colectivo que es España, con todas sus alturas y sus bajuras. Nunca he leído ningún libro de Jorge Semprún; lo reconozco no sin cierta vergüenza, sí artículos o declaraciones, pero nunca ningún volumen. Y eso que su figura me atrae desde hace mucho tiempo. Prometo hacerlo. Porque es el mejor homenaje que se le puede rendir a un autor: que su obra siga viva a través de sus lectores, especialmente las vivencias de una persona íntegra como él, que conoció como nadie, en primera persona, los horrores que puede engendrar la mente humana, y que supo también de lo cruel que esta patria puede ser con sus hij@s.