Ferragosto

Lorenzo
Lorenzo

En Ferragosto los ritmos vitales caen bajo mínimos, como las bolsas de estos días. Cuesta levantarse y desperezarse, echar aftersun a la piel que el sol abrasó ayer entre canchales ribereños de parajes de montaña. Ha pasado la lluvia de Perseidas y, maldita sea, no he vuelto a ver ninguna por más que escudriñé los cielos, pero qué falta me hace verlas estando en compañía de mis dos estrellas preferidas, que cumplen años también alrededor del Ferragosto. La gran ciudad baja los latidos, acompasa su ritmo cardiaco al calor, aunque hayan desaparecido aquellos agostos de hace quince, veinte, veinticinco años, cuando Madrid a estas alturas de año se asemejaba a una ciudad golpeada por la bomba hache, vacía como una planta de un ministerio a las ocho de la tarde. Aquellos veranos con la ciudad desierta son historia; el foro ya no se vacía nunca del todo. Pero es Ferragosto, qué demonios, así que voy a dejarme poseer por el dolce far niente, que ya vendrá la marejada.