Sin billete de vuelta

Maletas que tiran de humanos
Maletas que tiran de humanos

Una legión de españoles se está marchando allende las fronteras de la patria, o de la matria, a buscarse la vida donde pueden. Es lo que se ha venido en llamar exilio económico, ya no por las cuestiones políticas que trasterraron a tantos compatriotas bajo los años de plomo del franquismo, pero sí por cuestiones sociolaborales. Se van fuera, porque ya ni siquiera se puede emigrar dentro del país como hicimos muchos hace no tantos años: yo me moví de mi ciudad, de mi Madrid, con veinteymuypocos años, a otra comunidad, para trabajar en donde aquí no podía hacerlo, y luego pude regresar. Mis padres y mis tíos también fueron trabajadores emigrantes. Este exilio de ahora es diferente, y está expulsando a familias enteras fuera de España. Jóvenes en muchos casos, pero también ya no tan jóvenes. Gentes con experiencia y formación de sobra, hartas de que en sus ciudades les den con la puerta en las narices una y otra vez. Se están yendo posiblemente algunos de los mejores, para labrarse en otra parte el futuro que aquí no encuentran. Aportarán lo mejor de la España que llevan dentro, para construir fuera el país que no pueden levantar aquí. Llevan un billete de ida, solo de ida, porque la vuelta no está garantizada.

Cuento pascual

Un paso de Semana Santa
Un paso de Semana Santa

«Dejando deambular su mirada entre la multitud agolpada en las calles de cualquier ciudad de cualquier Semana Santa en España, el Nazareno se topó con aquellos ojos que observaban desde abajo el paso procesional que lo llevaba al monte del calvario: unos ojos escondidos entre el gentío gris, pero refulgentes como dos gemas en la noche. Condenado a muerte por el poder gobernante, el Nazareno supo que era peor el destino que le esperaba: el de quedarse pronto ciego tras haber descubierto aquellos ojos piadosos, profundos, majestuosos, que le concedían un perdón eterno y en los que él podría haber encontrado cobijo de por vida. Pero ya era tarde, y la última estación le aguardaba, privado como iba a estar un poco más tarde de aquellos ojos.»

¡Toc, toc! Ejem, perdone usted la intromisión, narrador ominisciente. Pero es que no soy yo creyente y los capirotes y demás fantasmagorías de estos días me dan más miedo que otra cosa desde que era pequeño. El caso es que me ha gustado el arranque de esta historia: el encuentro del Nazareno con esos ojos, y la angustia más profunda de saber que jamás los volvería a ver. Pero, ¿y si la historia, por una vez, cambiara y tuviera otro desenlace, más terrenal? Déjeme la pluma, que voy a escribir yo el final del relato del Nazareno con esos ojos. Permítame:

«”Encuentro esos ojos y me quedo sin ellos, y el que dice ser mi padre me dice que no me atormente más, que me promete una vida eterna después del calvario”, caviló el Nazareno. “Pues mira, papi, hasta aquí hemos llegado: no quiero ninguna vida eterna si no voy a ver más esos ojos. Anda y búscate otro perrito que te ladre, pater, que me apeo del paso pero ya”, concluyó sin más vacilaciones. El Nazareno cobró vida real, se incorporó del paso, soltó el lastre de la cruz y saltó al asfalto. La multitud de fieles que seguía la procesión, que tanto decía quererle, huyó despavorida sin decir amén. “Anda, la hostia, tanto me quieren y se piran corriendo. No hay dios que entienda a estos pav@s mortales”, repensó. En pie frente a él, escrutando el silencio para su felicidad, solo se mantuvieron aquellos ojos redentores.»

¿Cómo me he puesto así de gordo?

Arenques
Caja de arenques

«Ando ya para los ochenta años. Me acuerdo de cuando este barrio era un pueblín desangelado al otro lado del Manzanares, en aquel entonces tan lejos del centro de Madrid. Me vienen a la cabeza la guerra, el hambre que vino antes y el hambre y el horror que vinieron después con la victoria del fascio redentor. Años de plomo. Entre tanta grisura sonrío con recuerdos de pequeñas tonterías, de cuando subíamos en el tranvía que nos llevaba al centro, que iba brincando entre el adoquinado de las calles. El puentucho que había sobre el río, que había que reconstruir en cuanto el Manzanares crecía un poquito con las lluvias del invierno (que en aquellos años llovía un poco más, aunque este invierno no está siendo nada seco). Y chupábamos la raspa de la sardina arenque en salazón que comía mi padre, cuando podía, casi que como único sustento. Oiga, usted, qué hambre he pasado yo, un hambre de siglos, una hambruna insaciable. Como un ratón he roído cortezas de jamón, espinazos de cerdo, esas raspas de sardina arenque que le decía, mendrugos de pan miserable, los cachos de tocino rancio y trozos de algo que se parecía al queso, duro como una piedra. Quién me ha visto y quién me ve, porque lo que no me explico, oiga usted, es cómo me he podido poner así de gordo, con toda la hambre que yo he pasado…»