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Cuento pascual

29 Mar
Un paso de Semana Santa

Un paso de Semana Santa

«Dejando deambular su mirada entre la multitud agolpada en las calles de cualquier ciudad de cualquier Semana Santa en España, el Nazareno se topó con aquellos ojos que observaban desde abajo el paso procesional que lo llevaba al monte del calvario: unos ojos escondidos entre el gentío gris, pero refulgentes como dos gemas en la noche. Condenado a muerte por el poder gobernante, el Nazareno supo que era peor el destino que le esperaba: el de quedarse pronto ciego tras haber descubierto aquellos ojos piadosos, profundos, majestuosos, que le concedían un perdón eterno y en los que él podría haber encontrado cobijo de por vida. Pero ya era tarde, y la última estación le aguardaba, privado como iba a estar un poco más tarde de aquellos ojos.»

¡Toc, toc! Ejem, perdone usted la intromisión, narrador ominisciente. Pero es que no soy yo creyente y los capirotes y demás fantasmagorías de estos días me dan más miedo que otra cosa desde que era pequeño. El caso es que me ha gustado el arranque de esta historia: el encuentro del Nazareno con esos ojos, y la angustia más profunda de saber que jamás los volvería a ver. Pero, ¿y si la historia, por una vez, cambiara y tuviera otro desenlace, más terrenal? Déjeme la pluma, que voy a escribir yo el final del relato del Nazareno con esos ojos. Permítame:

«”Encuentro esos ojos y me quedo sin ellos, y el que dice ser mi padre me dice que no me atormente más, que me promete una vida eterna después del calvario”, caviló el Nazareno. “Pues mira, papi, hasta aquí hemos llegado: no quiero ninguna vida eterna si no voy a ver más esos ojos. Anda y búscate otro perrito que te ladre, pater, que me apeo del paso pero ya”, concluyó sin más vacilaciones. El Nazareno cobró vida real, se incorporó del paso, soltó el lastre de la cruz y saltó al asfalto. La multitud de fieles que seguía la procesión, que tanto decía quererle, huyó despavorida sin decir amén. “Anda, la hostia, tanto me quieren y se piran corriendo. No hay dios que entienda a estos pav@s mortales”, repensó. En pie frente a él, escrutando el silencio para su felicidad, solo se mantuvieron aquellos ojos redentores.»

 
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Publicado por en 29 marzo 2013 en Historias inventadas

 

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