Nivel de ruido

Grito
Grito

¿Sabes, Faktuna? En esta piel de toro la semántica tiene una aplicación difusa: se predican unas palabras, pero se practican las contrarias. Se lee que nos gusta dialogar, aunque en el fondo nos vaya más el monólogo, a veces incluso a gritos. Así no es de extrañar que nuestro nivel de ruido sólo esté por detrás, en todo el mundo, de Japón. Otros escriben y dan su opinión, pero más bien pontifican y sientan cátedra. Hacemos también bromas con cosas que no las tienen. Una de las últimas, por ejemplo, el ataque hacker a la web oficial de la Presidencia española de la Unión Europea, que algunos medios incluso parecen degustar, olvidándose de que estamos ante un asunto que en estos momentos es una cuestión de Estado y que simboliza la imagen del país. ¿Dónde está la gracia de este tema?

El sueño de Andrés Laguna

Andrés Laguna
Andrés Laguna

Qué casualidades. España ingresó en la entonces denominada CEE (precursora de la actual Unión Europea) en 1986. Fue el mismo año en el que un grupo sueco de rock llamado Europe (quién no se acuerda de las permanentes de sus componentes) cosechó un gran éxito mundial -España incluida-, con una pegadiza canción que estaba hasta en la sopa, The final countdown. Para España, aquel año significó también el final de la cuenta atrás para entrar en una UE que ha impulsado nuestro bienestar, y que ahora nos toca presidir durante este primer semestre del nuevo año. En 1986, España puso su reloj en hora con una Europa cuya identidad glosaron figuras de nuestra historia como el humanista Andrés Laguna, un médico segoviano de origen judío que en un lejano discurso del siglo XVI abogó, según sus conocedores, por una idea moderna de civilización europea opuesta a la barbarie. ¿Qué pensaría hoy Laguna ante una UE que se ha convertido en el mayor espacio de desarrollo humano del mundo? Posiblemente constataría que, con todas sus imperfecciones, se cumplió su sueño.

¡Feliz zambullida!

El nadador de Paestum
El nadador

Año tras año se repite la liturgia: guardar la agenda vieja, comprar una nueva; repasar el año que termina, aventurar cómo serán los doce meses -inmaculados- que se presentan por delante. El tiempo no espera por nadie, y mi deseo ante el nuevo 2010 es disponer del suficiente para gastarlo en procurar la felicidad de la gente que quiero. Decía López Aranguren -objeto de una exposición retrospectiva este 2009- que el tiempo se nos escapa «precisamente, paradójicamente, porque corremos tras él». Pues bien, mi deseo es que tengamos -yo y quienes lean estas líneas- tiempo para lo verdaderamente importante. En estos momentos en los que 2010 es ante todo un horizonte de posibilidades, zambullámonos en sus aguas -como el nadador del enigmático fresco de la colonia griega de Paestum (Italia), que parece arrojarse con entusiasmo a lo desconocido- y disfrutemos  del porvenir. ¡Feliz Año Nuevo!