Buenos días, John

Avería
Avería

«Todas las noches antes de acostarme, doctora, tengo un largo recuerdo hacia el abuelo alemán o sueco o danés al que van a parar los interminables intereses que abono y abonaré por este modesto micropiso do moro. Qué estará haciendo el jodío. ¿Verá la televisión, se recreará en el cielo estrellado sobre la bahía de Göteborg? ¿Dónde queda Göteborg? Me ha dado por pensar que el abuelo al que le completo la pensión de manera tan generosa es un viejo futbolista al que, por sentirle más cerca, vengo en llamar John Eljkaer Larsen; un veterano deportista retirado que arrastró sus botas y su cuerpo por ligas nórdicas de segunda división, y que ahora completa su ya de por sí generosa pensión con los emolumentos que recibe por sus inversiones en deuda de los países pobres del sur de Europa. De aquellos polvos en forma de generoso maná crediticio que se derramó sobre España vienen estos lodos. Y no es que me consuele éticamente ponerle cara a mi acreedor, pero estéticamente me gusta saber que el que engorda a la postre con mi trabajo no es un anónimo capitalista orondo, calvo, con bigote y gran puro, sino mi Eljkaer Larsen, tan poquita cosa. No sé si alguna vez le veré; supongo que cuando yo tenga setenta años, como él, seguiré pagando esta hipoteca… mientras los herederos de Larsen se habrán comprado con la herencia y el esfuerzo de mi trabajo una casita en Menorca, en donde espero poder pasar alguna semana de vacaciones antes de los próximos treinta años, con permiso del señor Euribor. Doctora, ¡viva el mal, viva el capital!» 

Somatizando

Pop Party
Pop Party

«Doctora, tiendo a somatizar los males, a transformar problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Hace muchos años regenté durante un tiempo una panadería y me venía muy bien el negocio aquel para evitarme males mayores, porque, cuando tenía grandes comecomes, me ponía a hacer unos panes, mezclaba harina, agua, levadura y mis penas, encendía el horno… y las preocupaciones volaban lejos en forma de olorosas y apetitosas volutas de humo panificado, para reposo de mis carnes. Lo que ocurría, doctora, es que la clientela acababa un poco desnortada cuando comía mi pan y el negocio quebró. Desde entonces tengo que volver a engullir yo mismo las desazones y los males, sin horno que me alivie. Así que tiendo a somatizar en mi cuerpo. Le pongo un ejemplo, doctora: creo que siempre meto la pata últimamente porque estoy predestinado a ello, y me he levantado con sendas torceduras reales en los pies, primero en uno y luego en otro. Ahora ando inquieto porque he amanecido por todo el cuerpo, pero por todo el cuerpo, con unas grandísimas magulladoras de color azul. Esto último no sé si será algo permanente, o pasajero, aunque no tiene pinta de que ese color vaya a desaparecer en un tiempo. Aunque para mi consuelo me repito que siempre después de una marea azul acabará llegando otra roja y mi piel recobrará su tono habitual, seguro que sí, doctora.»

Chismorreo universal

Red
Red

«Verá, doctora, pero es que tengo mucha preocupación por el futuro de un ente llamado opinión pública. La opinión pública la conformaban antes los medios de comunicación que se regían por unas mínimas reglas (con desigual respeto, todo hay que decirlo). Este negociado ha dado un vuelco desde anteayer con la invención de las redes sociales. Ahora cualquier persona emite, genera y produce un mensaje, y cualquier cosa se puede divulgar como la yesca y prender como una llama en un prado reseco de agosto. Yo hice una prueba el otro día: difundí un bulo en una de las redes más populares, y al instante el bulo comenzó a crecer como una bola de nieve. Una conversación de bar, una ocurrencia, puede entronizarse ahora como trending topic y dominar el escenario.El riesgo es que, con esta facilidad, la conversación global se puede convertir, ¡ay!, en pasto de gentes hábiles y/o manipuladoras que manejen a otras gentes, ¡ay!, manipulables. Creo en las nuevas tecnologías, pero me preocupa que, en este campo que nos ocupa, una opinión pública seria, fundamentada y rigurosa se pueda ver sustituida por el chismorreo universal sin contrastes ni matices.»